El pequeño cuadrado de papel que llegó a los bares para evitar manchas y terminó convertido en un cuaderno improvisado donde caben cuentas, recetas, dibujos, declaraciones, promesas y conversaciones que explican mejor que muchos tratados cómo vivimos y quiénes somos.
España acababa de marcar cuando un visitante americano se levanta de la mesa con una servilleta doblada entre los dedos. Había entrado en aquel pub irlandés para ver el partido contra Portugal, el mismo donde media ciudad acaba reuniéndose cada vez que juega la selección. Lleva un buen rato cavilando cómo acercarse a esa chica con esa mezcla de paciencia y desesperación de quien sabe exactamente lo que quiere decir, pero no encuentra cómo. Se acerca a la barra, escribe dos palabras, garabatea algo y sonríe. No encontró el español que necesitaba, pero sí una servilleta: su intención y su teléfono están escritos.
La escena tiene algo antiguo en mitad de un mundo construido alrededor de la pantalla. Tenemos traductores automáticos capaces de mantener conversaciones en cualquier idioma, aplicaciones que almacenan cada tarea pendiente y teléfonos donde cabe una biblioteca entera. Sin embargo, cuando una conversación se atasca, cuando una idea aparece sin avisar o cuando sentimos la necesidad de dejar algo por escrito antes de que desaparezca la musa, seguimos buscando un bolígrafo y cualquier papel que tengamos cerca. Y casi siempre ese papel es una servilleta.
Conviene hacer justicia a ese pequeño cuadrado de celulosa. Llevamos décadas enfadándonos con él porque limpia fatal. Y es verdad. Uno termina unas croquetas con las manos igual de pringosas que antes de sacar la tercera servilleta del dispensador. El problema es que nunca fue diseñada para absorber cerveza derramada ni para competir con un paño. Las típicas servilletas de bar nacieron para sujetar alimentos grasientos sin que los dedos terminaran hechos un desastre y para limpiarse los labios sin dejar restos de fibra. El malentendido es nuestro. Llevamos medio siglo pidiéndoles desempeñar un trabajo que jamás aceptaron.
Ni siquiera las llamamos por su nombre. En el gremio se conocen como servilletas de papel sulfito satinado. Las que salen entrelazadas de dispensadores metálicos horizontales reciben el nombre de zigzag; las otras, las que unas veces salen de una en una y otras deciden acompañarse de treinta compañeras, son las miniservis. Apenas quedan fabricantes que las produzcan así, pues también han acabado sucumbiendo a las modas ecológicas, al diseño minimalista y las frases motivadoras.
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Lo curioso es que, mientras protestábamos, ellas encontraban otro oficio mucho más interesante. Basta quedarse un rato en una barra para comprobarlo. Sobre una servilleta aparece una cuenta dividida entre amigos, el teléfono de alguien que uno espera no perder, la lista de la compra escrita mientras llega el café, una promesa de vernos pronto, en un “te quiero” demasiado tímido para decirlo en voz alta o en esos garabatos que hacemos mientras hablamos por teléfono. También sirve para crear una flor cuando faltan las palabras, para jugar al tres en raya, para fabricar un barco, un avión, un comecocos o el cuento improvisado con el que un abuelo entretiene a su nieta durante la sobremesa.
Comer siempre ha sido una actividad bastante sucia. Mucho antes de las servilletas de papel, alguien tuvo que encontrar la manera de limpiarse los restos del festín. Los griegos y los romanos acomodados utilizaban paños de lino y aguas perfumadas; en los banquetes romanos convivían el sudarium, destinado al rostro, y la mappa, que protegía la ropa mientras los comensales permanecían reclinados.
El arqueólogo alemán Hugo Blümner, uno de los grandes estudiosos de la vida cotidiana en la Antigüedad, describe en The Home Life of Ancient Greeks aquellas costumbres domésticas de quienes no podían permitirse esos lujos y cómo recurrían a soluciones mucho más imaginativas. Durante siglos se empleó la miga de pan para limpiarse los dedos después de comer. Los griegos llamaban apomagdalia a esos trozos arrancados de una hogaza que terminaban cumpliendo una función mucho más higiénica que gastronómica. La historia de las servilletas, en el fondo, es también la de nuestra obstinación por seguir comiendo sin renunciar a cierta elegancia.
Las de papel aparecieron a finales del siglo XIX, cuando la empresa inglesa John Dickinson adaptó para Europa un producto que había observado en Japón. Aquellas primeras servilletas ya nacieron con vocación publicitaria: además de cumplir una función práctica, llevaban impresos anuncios, nombres comerciales y mensajes promocionales. De ahí descienden las nuestras, con sus cenefas de aviones o cadenas o sus teléfonos fijos de siete escritos con tipografías que hoy harían sufrir a cualquier diseñador gráfico. O no.
Mi estimado Felipe Hernández entendió antes que muchos que estos papeles trascendían a su simple utilidad. Mientras el resto el mundo parecía inmune a su importancia, él empezó a guardarlas. Recorrió bares, tabernas, restaurantes y bodegas de toda España reuniendo seiscientas hasta convertirlas en el libro Servilletas. Un recopilatorio que demuestra en un papel puede leerse la cultura gastronómica española, las diferencias entre territorios y una buena parte de la identidad gráfica del país. Los bares construyeron una personalidad visual mucho antes de que nadie pronunciara palabras como branding.

Lo cierto es que hay pocos soportes tan democráticos. Y también pocos lugares donde las ideas se permitan aparecer con tanta naturalidad. Una libreta impone cierta responsabilidad; sus páginas en blanco parecen pedir algo a la altura del papel. La servilleta juega en otra liga. Nadie espera encontrar una gran ocurrencia sobre un cuadrado de papel poco noble y, precisamente por eso, concede permiso para empezar. A veces la diferencia entre un pensamiento olvidado y otro que termina cambiando el mundo cabe exactamente en esos diecisiete centímetros de papel.
Las buenas ideas nunca han sido especialmente escrupulosas con el soporte sobre el que nacen. Se dice que Picasso dibujaba a menudo sobre servilletas y manteles para sus amigos o incluso para saldar alguna cuenta, sabiendo los dueños de los restaurantes que aquel dibujo valía bastante más que la comida.
Salvador Dalí prefería pagar algunas cenas con cheques ilustrados por él mismo, convencido de que nadie sería tan ingenuo como para cobrarlos. Décadas después este artículo volvería a ocupar titulares cuando sirvió para formalizar el primer compromiso entre el Barça y un adolescente llamado Lionel Messi. También los estudios Pixar conservan bocetos de personajes nacidos sobre servilletas durante comidas improvisadas, y la cultura popular lleva décadas convirtiéndolas en objetos de culto: desde el beso estampado de Marilyn Monroe a los labios pintados Margaret Thatcher.
De hecho, la mayoría de los objetos que conservamos tienen poco valor material y mucho de instante. Cuesta deshacerse de ellos porque guardan una caligrafía nerviosa, el olor tenue de un perfume que aún recordamos, una frase que aún no queremos que se pierda o lo que nos hizo palpitar.
Aquel americano consiguió hacerse entender porque eligió un lenguaje universal: el de escribir algo importante en el primer papel que uno tiene a mano. Lo que no se sabrá es qué ocurrió después. Puede que terminara arrugada en el suelo, como tantas otras. O que acabara olvidada dentro de un cajón o guardada en el bolsillo de un vestido. Puede que aquel trozo de celulosa no fuera el final de una conversación, sino el lugar exacto donde acababa de empezar una historia. O, tal vez, solo inspirara estas líneas.







