ORIGENESSOBREMESA

Tú no tienes alma

Igual que ocurre con las personas, hay ciudades, bares y territorios cuya personalidad nos atrapa antes incluso de que sepamos explicar por qué.

Mientras el “buen gusto” se uniformiza y las ciudades empiezan a compartir los mismos códigos estéticos, sigue habiendo lugares, personas y bares cuya principal virtud consiste en conservar una personalidad imposible de replicar.

Se dice que las personas nos enamoramos por una cuestión de química. Me gusta creer que es verdad. Al fin y al cabo, todos hemos experimentado alguna vez esa sensación extraña de sentirnos atraídos por alguien antes incluso de intercambiar una palabra. Hay algo que activa mecanismos invisibles en nuestro cerebro y nos empuja a acercarnos.

Suelo ser de flechazo fácil, para qué negarlo. Me ocurre con la gente, con los sabores, con las canciones, con determinados bares y con algunos lugares a los que regreso una y otra vez. Del mismo modo que un desconocido puede desprender un olor capaz de provocar una reacción inmediata en nuestro cerebro, empujándonos hacia él o alejándonos sin remedio, también hay territorios que nos atrapan.

A veces es una mirada, una mueca, una forma de caminar. Otras es una simple forma de ocupar el espacio. Con los lugares sucede algo parecido. Puede ser esa manera particular de hablar, la sonoridad de las calles o el aroma que se escapa por las ventanas de las cocinas. Son detalles mínimos, casi invisibles, pero terminan construyendo una identidad. Y el carácter, igual que ocurre con las personas, es difícil de explicar y fácil de reconocer.

Con Cádiz me pasa algo especial. Mi relación con ella viene desde niña y todavía recuerdo la primera vez que llegué. Fue como meterse un tiro justo cuando empiezan a sonar los primeros acordes de Where Is My Mind de los Pixies. El acento, la calma, el olor a salitre y yodo rebozado con el del pescaito frito. La música, las carcajadas que se escapan de las terrazas, las conversaciones cruzadas entre desconocidos o esa forma de comer y de vivir incompatible con las prisas. 

Cada vez que mi cuerpo cruza la puerta del tren y la humedad del clima se pega a la porosidad de la piel siento que me vuelva a atravesar esa misma descarga eléctrica. Es como si mi cerebro reconociera el territorio antes que yo, como si una parte de mí supiera que ha vuelto a un lugar donde las reglas funcionan de otra manera. O-XI-TO-CI-NA.

Si puedo, vuelvo una vez al año. Aunque más que por Cádiz, lo hago por Laura. Porque si hay personas capaces de alterar el ritmo al que funciona una cabeza, Laura es una de ellas. Tiene el don de conseguir que aparque durante unos días la absurda costumbre de intentar meter treinta horas dentro de jornadas de veinticuatro y me recuerda que el tiempo también puede medirse en sobremesas, en copas compartidas y en conversaciones que llevan, por ejemplo, a estas líneas.

Con los años he aprendido a disfrutar de otra manera. Quizá con algo más de sensatez, no lo acabo de tener claro. Ya no necesito exprimir cada minuto ni poner el estómago constantemente al límite, aunque reconozco que este entorno invita a ello. Sigo quedándome embobada con las barras que segregan perfume para beber, observando cómo los camareros tararean y danzan entre las mesas con una precisión casi coreográfica. Me fascinan esos lugares donde los parroquianos se agrupan alrededor de una esquina del mostrador y donde parece existir una inteligencia secreta que decide quién bebe, qué bebe y cuándo le toca.

Hoy hablábamos precisamente de esto. De cómo cada vez resulta más difícil encontrar lugares con corazón. No buenos, no malos, no bonitos. Simplemente bares y restaurantes que se parezcan a sí mismos. Madrid y Barcelona llevan años clonando conceptos a una velocidad vertiginosa y empiezan a aparecer síntomas parecidos en ciertas ciudades de Castilla y León que hasta hace poco parecían inmunes. Pasa con las caras, con los cuerpos, con la moda. Control ce, control uve.

Es un mal endémico que ciertas aves rapaces sobrevuelen negocios con alma y mucho trabajo a las espaldas. Esperan pacientemente. Observan. Saben detectar a kilómetros esos emplazamientos donde alguien ha construido algo auténtico y aguardan a que caiga una miga para lanzarse sobre ella.

Lo curioso de esta época es que nunca habíamos tenido tan claro cómo hay que vestir, qué hay que comer, cómo debe ser una cafetería o qué estética debe tener un restaurante para resultar atractivo. La democratización del “gusto” nos lleva a uniformes que se parecen, cartas que se parecen, locales se parecen. Incluso quienes pretenden diferenciarse terminan siendo fotocopias.

Hace no mucho conocí a un chico con el que conecté muchísimo a nivel mental. Recuerdo una conversación en la que me dijo que después de ver algunas de mis fotos no tenía claro que fuéramos a encajar del todo. Se refería al estilismo. Me quedé pensando en aquella observación no porque me molestara, sino porque me pareció una metáfora perfecta de nuestro tiempo. Hemos aprendido a aceptar ciertos tipos de diferencia, pero nos sigue costando convivir con aquello que no encaja dentro de las categorías previstas. Lo realmente auténtico es non grato.

Quizá por eso cada vez me interesa más todo aquello que no pretende encajar. Las barras de acero inoxidable donde una señora con una bata florida hasta los pies y los tobillos hinchados te sirve un clarete. Las baldosas gastadas, los lamparones de grasa de chorizo en papeles de estraza. Las servilletas que no limpian que fotografió el gran Felipe Hernández y que durante décadas formaron parte del paisaje. Probablemente, como tantas otras cosas, estén condenadas a desaparecer porque no encajan en la versión higienizada y fotogénica que hemos construido de nosotros mismos.

Cuando paso tiempo fuera me doy cuenta de que eso es precisamente lo que más valoro. Parar me ayuda a ver desde lejos. No es una cuestión de estética, de expectativas, ni siquiera gastronómica, aunque tenga mucho que ver. Lo que valoro son las personas. Los lugares que conservan el carisma de quienes los erigieron. Los sitios que todavía se parecen a sus dueños. Las personas con mas esencia que ego. Los territorios que aún conservan una personalidad reconocible.

Por eso sigo volviendo. Porque me recuerdan algo que a veces olvidamos. Que las personas más interesantes, esas que dejan huella, no suelen ni pretenden ser idílicas y que con los territorios ocurre exactamente lo mismo. Lo que nos enamora rara vez es la perfección. Casi siempre es el carácter. Esa suma extraña de gestos, defectos, olores, cicatrices y formas de estar en el mundo que convierte a alguien —o a algún lugar— en algo imposible de confundir con cualquier otra cosa.

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