LO QUE SE CUECE

La Ribera del Duero pierde a uno de los suyos

Una de las familias que han marcado la historia reciente de la Ribera del Duero y deja un profundo vacío en una de las bodegas más emblemáticas de Castilla y León.

La muerte de Iván Sanz Cid, director general de Dehesa de los Canónigos, junto a su esposa y dos de sus hijos, deja a una de las grandes familias del vino español frente a un vacío imposible de medir y vuelve a recordar que, detrás de cada etiqueta, siempre hay personas.

Las grandes bodegas suelen medirse en hectáreas de viñedo, botellas vendidas o mercados conquistados. Sin embargo, basta una noticia para recordar que, antes de todo eso, existen familias. La Ribera del Duero se quedó desolada ayer por la tarde con una de esas pérdidas que trascienden a una empresa y golpean a todo un territorio: la muerte de Iván Sanz Cid, director general de Dehesa de los Canónigos, de su esposa y de dos de sus hijos en un accidente de tráfico ocurrido en Palencia. Solo sobrevivió la hija menor de la familia, que permanece hospitalizada.

El vino tiene memoria. La guarda en las barricas, en las viñas centenarias y en los apellidos que han construido el prestigio de una denominación durante décadas. Por eso algunas noticias resultan especialmente difíciles de asumir. No porque desaparezca un empresario relevante, sino porque quien falta ocupaba un lugar natural dentro de un paisaje humano que parecía inseparable de la Ribera del Duero.

Iván Sanz Cid pertenecía a esa generación que creció viendo cómo el vino dejaba de ser únicamente una actividad agrícola para convertirse en una forma de explicar un territorio al mundo. Formado como ingeniero técnico agrícola y especializado en dirección de empresas, asumió hace años la dirección general de Dehesa de los Canónigos con la responsabilidad que implica tomar el relevo de un proyecto familiar consolidado y, al mismo tiempo, prepararlo para el futuro.

Nunca fue un personaje especialmente mediático. Quienes compartieron trabajo con él suelen describirlo desde la discreción, la cercanía y una manera tranquila de ejercer el liderazgo. En un sector acostumbrado a los grandes nombres y a los discursos grandilocuentes, prefería que hablaran los vinos, el viñedo y el trabajo bien hecho.

Junto a su hermana Belén Sanz Cid, responsable técnica y enóloga de la bodega, representaba la continuidad de la familia fundada por Luis Sanz Busto y María Luz Cid, dos nombres imprescindibles para entender la evolución de Dehesa de los Canónigos y también parte de la historia reciente de la Ribera del Duero.

La tragedia adquiere además una dimensión especialmente dolorosa porque llega apenas un año después del fallecimiento de Luis Sanz Busto. En muy poco tiempo, una de las familias más reconocidas del vino castellano y leonés ha sufrido dos golpes devastadores que dejan una herida difícil de imaginar.

Hablar de Dehesa de los Canónigos es hablar de una forma concreta de entender el vino. La finca, situada en Pesquera de Duero, resume buena parte de la historia agrícola de la comarca. Desde finales de los años ochenta, la familia convirtió aquella propiedad en una de las bodegas de referencia de la denominación apostando por una idea sencilla, pero cada vez más valiosa: el vino empieza mucho antes de entrar en una bodega.

Su lema, «Antes uvas que cubas», nunca fue una frase de marketing. Era una declaración de principios. Ponía el foco en el viñedo, en la tierra, en el tiempo y en la paciencia. También en una manera de crecer sin perder la identidad.

Ese legado fue el que recibió Iván Sanz. Bajo su dirección, la bodega consolidó su presencia internacional, amplió mercados y reforzó una marca que hoy está presente en más de una veintena de países. Pero quienes mejor conocían el proyecto coinciden en que el objetivo nunca consistió únicamente en vender más botellas. La prioridad seguía siendo preservar aquello que habían construido sus padres.

El accidente, ocurrido en la autovía A-67 a la altura de Herrera de Pisuerga, continúa bajo investigación por parte de la Guardia Civil de Tráfico. En el siniestro fallecieron Iván Sanz, su esposa y dos de sus hijos. La hija menor, de nueve años, resultó herida de gravedad y fue trasladada al Hospital Universitario de Burgos.

La noticia recorrió el sector vitivinícola con una rapidez inusual. Las muestras de pésame comenzaron a llegar desde bodegas, consejos reguladores, instituciones, distribuidores y profesionales del vino de toda España. No era únicamente el reconocimiento hacia un director general. Era la reacción de un sector acostumbrado a trabajar desde relaciones personales que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en amistad.

En las zonas vitivinícolas, las empresas familiares ocupan un lugar diferente al de cualquier otra industria. Son negocios, sí, pero también son casas abiertas, generaciones compartidas y biografías que crecen al mismo ritmo que las cepas. Por eso, cuando desaparece una persona como Iván Sanz, el impacto trasciende los balances económicos y alcanza a toda una comunidad.

La Ribera del Duero atraviesa uno de los momentos de mayor reconocimiento internacional de su historia. Sus vinos forman parte de las cartas de algunos de los mejores restaurantes del mundo y la denominación continúa siendo uno de los grandes motores económicos de Castilla y León. Sin embargo, días como este recuerdan que esa fortaleza colectiva se sostiene sobre proyectos profundamente humanos.

Quizá esa sea la imagen que permanecerá cuando el tiempo rebaje el ruido de la noticia. No la del empresario que exportaba vinos o dirigía una de las bodegas más prestigiosas de la denominación, sino la de un hombre que asumió con naturalidad la responsabilidad de cuidar una herencia recibida y entregarla mejor de lo que la encontró.

Porque el vino también habla de permanencia. De generaciones que se suceden unas a otras convencidas de que el verdadero trabajo consiste en conservar un paisaje, una cultura y una forma de vivir. Cuando una de esas generaciones desaparece de manera tan repentina, toda la Ribera siente que pierde una parte de sí misma.

Durante los próximos meses volverán las vendimias, las fermentaciones y las nuevas añadas. El viñedo seguirá marcando el calendario, como siempre ha hecho. Pero en Dehesa de los Canónigos nada volverá a ser exactamente igual. Tampoco en una Ribera del Duero que hoy despide, con un silencio poco habitual, a uno de los nombres llamados a escribir su siguiente capítulo.

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