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Los cantos que alimentan

Los cantos de labor de Castilla y León vuelven a sonar: del campo al nuevo folk.

La música alimenta el alma, pero durante siglos también acompañó a la faena que llenaba la despensa. Los cantos de labor forman parte de un patrimonio sonoro que parecía condenado al silencio. Hoy, una nueva generación de músicos de raíz demuestra que aquellas voces siguen más vivas que nunca.

Que la música es alimento del alma es un hecho indiscutible y no únicamente porque Schopenhauer lo afirmara. Pero hubo un tiempo en el que también ayudaba a llenar la despensa. Durante siglos las canciones acompañaron la siega, la vendimia, el pastoreo o el trabajo en los molinos. Herramienta para aliviar el esfuerzo, marcar el ritmo de las faenas y reforzar los lazos de una comunidad que vivía pendiente de las estaciones. Cuando el campo se mecanizó y los modos de vida cambiaron, aquellas voces parecieron condenadas al silencio. Sin embargo, el auge del nuevo folk demuestra que siguen vivas y que todavía tienen mucho que contar.

Hace unos días, camino de Nava del Rey y de visita a Caín, Miguel Sánchez González —uno de los responsables del documental, productor, jefe de sonido y joya cultural castellana— me hablaba de ¡Folk! Una mirada a la música tradicional. El documental, nominado en ocho categorías a los Premios Goya, lleva años provocando una pregunta: ¿qué ocurre cuando desaparecen los medios naturales que transmitían una cultura?

La cuestión parece abstracta hasta que uno mira por la ventanilla. Cuando observamos los paisajes agrícolas de nuestra comunidad, solemos fijarnos en el patrimonio monumental, en los campos de cereal o los pueblos diminutos y vacíos que salpican la meseta. Rara vez pensamos en su paisaje sonoro. Sin embargo, allí donde hoy reina el silencio de la mecanización, había voces que dotaron de una banda sonora al trabajo, la celebración y el cortejo.

Los llamados cantos de labor constituyen una de las expresiones más singulares y desconocidas del patrimonio musical castellano. Surgieron ligados a tareas concretas —la siega, la trilla, la escarda, la vendimia o el pastoreo— y estaban adaptados a sus ritmos y necesidades. No fueron concebidos para los escenarios ni para el consumo cultural tal y como lo entendemos hoy. Eran herramientas de trabajo, tan integradas en la vida cotidiana como una hoz o un carro.

Buena parte de ese legado llegó hasta nosotros gracias a la labor de recopiladores como el abulense Dámaso Ledesma, el burgalés Antonio José Martínez Palacios, Manuel García Matos o el soriano Federico Olmeda. Este último publicó en 1903 el monumental Folklore de Castilla o Cancionero Popular de Burgos, una obra fundamental para comprender la riqueza musical de la región. Sus páginas revelan hasta qué punto la música estaba integrada en todos los aspectos de la vida rural. No existía una separación clara entre trabajo, ocio y celebración.

La siega era una de las labores más duras del año y también una de las que generó un repertorio más amplio. Organizados en cuadrillas, los segadores avanzaban por los campos entonando melodías largas, de gran vuelo melódico, capaces de sostenerse durante varios minutos. Aquellos cantos servían para acompasar el movimiento de la hoz y hacer más llevadero el esfuerzo físico.

Algunas de esas canciones llegaron hasta nosotros gracias a las campañas de grabación impulsadas por el CSIC a mediados del siglo XX. En Salas de los Infantes, García Matos recogió la canción de trilla Eres blanca como leche. En la misma zona documentó también Eres una retrechera, asociada a la siega, mientras que en Castrillo de la Reina registró Más quisiera ser avena. Escuchadas hoy, sorprenden por su belleza desnuda y por una expresividad que parece conectar con tradiciones musicales mucho más amplias.

Algo parecido sucede con los cantos registrados en Navalmoral de la Sierra, en Ávila. Allí, el investigador Gonzalo Pérez Trascasa documentó las interpretaciones de Marcelo Martín, que conservaba en su memoria los cantos aprendidos durante la infancia. Según explicaba el propio informante, cuando los segadores descansaban unos minutos después de trabajar con la guadaña o la hoz, era habitual que alguien comenzara a cantar. Aquellas melodías melismáticas, llenas de giros y adornos vocales, constituyen una de las expresiones más singulares de la música tradicional castellana.

La vendimia fue una de las grandes celebraciones colectivas del medio rural. En zonas vitivinícolas como Rueda, Toro, Cigales, Ribera del Duero o Arribes, la recogida de la uva reunía a familias enteras y generaba un ambiente festivo que se reflejaba en el repertorio musical. Estas melodías muestran un universo lleno de humor, dobles sentidos y referencias a la vida cotidiana. Muchas se interpretaban durante el trabajo, pero otras acompañaban los desplazamientos hasta las viñas o las celebraciones posteriores. El vino no era solo un producto agrícola, sino un elemento central de la sociabilidad rural.

Precisamente ahí surge una de las conexiones más interesantes entre música y gastronomía. Muchas de estas canciones constituyen una especie de archivo oral de la alimentación tradicional. Hablan del pan, de los molinos, de la huerta, de los animales domésticos o de los productos que sostenían la dieta cotidiana. Son documentos culturales que permiten comprender cómo se relacionaban las comunidades rurales.

Esa relación entre memoria, territorio y comida sigue presente en buena parte de las propuestas que están renovando la música de raíz. Grupos como El Naán, una de las formaciones más influyentes del actual movimiento de música de raíz, han construido buena parte de su repertorio alrededor de símbolos profundamente ligados al mundo rural. En canciones como Coplillas de la hierbabuena reaparecen los huertos tradicionales; en Panaderas de pan duro, el pan se convierte en metáfora de memoria, trabajo y resistencia.

Videoclip de CAMPURRIANO de Moraleja Films con @castoraherz y @delameseta 

También Delameseta reivindica la vigencia de estos repertorios desde una perspectiva contemporánea que combina ritmos urbanos, electrónica y música de raíz. Para el dúo vallisoletano, muchas canciones de trabajo siguen resultando actuales porque nacieron en un contexto de dureza y desigualdad social que, con otros rostros, continúa vigente. “Un jornalero que pasaba doce horas al sol y cantaba sobre su realidad quizá esté lejos de nuestro día a día, pero las desigualdades, los abusos o las dificultades de la vida siguen existiendo. Es una forma de mirar el mundo que todavía nos interpela”, confiesa Santi.

Si hubiera que elegir una pieza capaz de condensar el espíritu de estos repertorios, señalan el Canto de vendimia de Villada (Palencia), popularizado por Joaquín Díaz en su álbum Tierra de Pinares (1977). En apenas unas estrofas conviven celebración, cansancio y conciencia social. La canción invita a disfrutar del vino para ahuyentar las penas del querer, mientras una de sus coplas deja entrever la otra cara: “ya se está poniendo el sol, ya hacen sombra los terrones, ya se entristecen los amos y se alegran los peones”. Como sucede con buena parte del cancionero tradicional, bajo una apariencia sencilla esconde una compleja lectura de la realidad.

Algo parecido sucede con El Nido. La banda burgalesa se ha convertido en uno de los fenómenos más interesantes del nuevo folk español precisamente porque aborda la tradición desde una mirada contemporánea. Canciones como El castañero recuperan personajes, oficios y paisajes que forman parte de la memoria colectiva de Castilla y León.

Para sus integrantes, la capacidad de estas canciones para seguir emocionando reside en el contexto en el que nacieron: “Son canciones que brotaron de los rincones más puros del corazón, sin otra pretensión que aportar un poco de alegría o alivio en momentos de la vida que, a menudo, resultaban duros y tediosos. También servían para acompañar el trabajo, estrechar lazos y fortalecer el sentimiento de comunidad a través de la música”.

La comida comparte esa misma función de convivencia. Las labores agrícolas, las celebraciones familiares y las fiestas populares generaban espacios donde una comunidad se reconocía a sí misma. Quizá sea esa dimensión colectiva la que explique su capacidad para perdurar en el tiempo. “Es difícil que los años desgasten algo creado de esa manera, porque surge de una de las necesidades más profundas del ser humano: compartir, convivir y reconocerse en los demás, al margen de modas, mercados o circunstancias históricas”, afirman.

Video de El Nido durante el @pipafestvillada de Villada, Canto de vendimia de Villada (Palencia), popularizado por Joaquín Díaz

Otros artistas han llevado esta actualización todavía más lejos. Dulzaro ha contribuido a ensanchar los límites del género con su propuesta techno charra. En Un labradorito reaparece la figura del campesino; convertido en el eje de una narrativa de orgullo rural queer que tiende puentes entre la tradición y las sensibilidades contemporáneas.

La recuperación de Las Seguidillas del laurel por parte de Castora Herz reinterpretadas bajo el título Que no haga arrugas, en colaboración con el rapero Sator Sánchez, apela a lo que ocurre con muchas recetas populares: que la tradición permanece viva precisamente porque admite transformaciones.

El éxito de todas estas propuestas coincide con un renovado interés por la cultura popular que durante décadas fue percibida como una expresión vinculada a personas mayores. Hoy ocurre exactamente lo contrario; muchos jóvenes encuentran en las tradiciones locales una forma de identidad cultural frente a la homogeneización global.

La paradoja es evidente. Nunca había sido tan fácil acceder a músicas procedentes de cualquier lugar del mundo y, al mismo tiempo, nunca había existido tanta curiosidad por las tradiciones locales. Gracias a los archivos recopilados, sabemos que la música acompañó durante siglos el proceso que convertía el trigo en pan y la uva en vino. Y sabemos también que muchas de esas canciones siguen emocionando porque hablan de experiencias humanas que siguen siendo reconocibles.

Tal vez por eso el nuevo folk vive hoy uno de sus momentos más fértiles. No se trata solo de recuperar un repertorio antiguo, sino de descubrir que una parte de nuestra identidad continúa escondida en esas voces que resonaban entre trigales, viñedos y molinos.

Canciones que hoy vuelven a sonar para recordarnos que la comida es cultura y que esta nunca dejará de estar viva.

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