La familia Vallejo ha demostrado que también es posible construir un proyecto de futuro sin abandonar el lugar donde empezó todo. Desde Tórtoles de Esgueva elaboran vinos exclusivamente con uva propia y una viticultura que entiende el viñedo como un patrimonio que hay que cuidar antes que explotar. Su historia habla de relevo generacional, de paisaje y de una forma de crecer sin perder de vista el origen.
La Ribera del Duero suele contarse siguiendo el curso del río que le da nombre. Sin embargo, hay proyectos que obligan a mirar hacia otros valles. La familia Vallejo lleva más de una década demostrando que el valle del Esgueva también tiene una voz propia dentro de la denominación. Lo hace desde Tórtoles de Esgueva, elaborando exclusivamente con uva de sus propios viñedos, recuperando parcelas que otros abandonaron y creciendo despacio para que sea el paisaje, y no el volumen, quien marque el ritmo.

Javier Vallejo y su hermano Jorge crecieron entre vendimias familiares, conversaciones alrededor de la bodega subterránea del abuelo Feliciano y el aprendizaje cotidiano que solo ofrecen los años de viña. Con el tiempo, aquella tradición dejó de ser una costumbre heredada para convertirse en Buen Camino, un proyecto que toma prestado el saludo de los peregrinos porque entiende el vino como un recorrido que nunca termina.
Hoy cultivan alrededor de una veintena de hectáreas repartidas entre páramos cercanos a los mil metros de altitud y las laderas calizas del valle. Un paisaje exigente, marcado por el viento y por rendimientos limitados, donde la viticultura ecológica responde a una convicción más que a una estrategia. La mínima intervención en bodega y las pequeñas producciones buscan un único objetivo: que el viñedo hable con la mayor claridad posible.
Hoy elaboran alrededor de 35.000 botellas al año con presencia en mercados como Bélgica, Suecia o los Países Bajos. Sin embargo, el crecimiento no ha alterado el rumbo. Buen Camino sigue defendiendo una manera de hacer vino ligada al arraigo, a la recuperación de parcelas y a la certeza de que su territorio también tiene mucho que contar.
“Para nosotros lo importante es elaborar vinos que estén buenos, que sienten bien y que reflejen el lugar del que proceden”.
Buen Camino nace de una historia familiar que viene de varias generaciones. ¿En qué momento esa tradición dejó de ser únicamente una herencia para convertirse en un proyecto empresarial?
El primer paso lo dio nuestro padre. Durante años vendía la uva a bodegas importantes, pero su afición por el vino le llevó a mejorar la producción casera, optimizando los medios de la bodega subterránea familiar y afinando los procesos de elaboración tradicionales. Aquel vino fue ganando fama entre la gente del pueblo y, casi sin darnos cuenta, acabamos etiquetando una pequeña producción propia.
¿Qué os hizo tomar la decisión de quedaros vinculados a Tórtoles de Esgueva cuando tantos jóvenes del medio rural han tenido que buscar oportunidades fuera?
Nos hemos criado aquí y estamos muy arraigados al pueblo. En mi caso lo tenía bastante claro desde niño, pero de una forma orgánica, sin planteármelo siquiera. El caso de Jorge es distinto: sigue trabajando fuera y esperamos que algún día pueda quedarse con nosotros en el pueblo al cien por cien. De momento nos ayuda mucho y vive “a caballo” entre Tórtoles de Esgueva y Valladolid.
Defendéis una viticultura ecológica y una mínima intervención en bodega. ¿Hasta qué punto esa filosofía condiciona cada decisión que tomáis durante el año?
Trabajar así es más arriesgado porque exige anticiparse mucho más y asumir que hay años más fáciles y otros más complicados. Pero cuando conoces bien tus viñas y llevas tiempo haciéndolo, acaba siendo la forma más natural de trabajar. Para nosotros lo importante es elaborar vinos que estén buenos, que sienten bien y que reflejen el lugar del que proceden. Es algo que es relativamente fácil cuando trabajas con tu propia uva y controlas todo el proceso con mimo. Además, tenemos un terruño muy propicio para trabajar en ecológico, así que para nosotros es mejor en todos los sentidos.
En poco más de diez años habéis multiplicado la producción y ya exportáis una parte importante de vuestros vinos. ¿Cómo se crece sin perder el carácter artesanal?
Hemos crecido porque partíamos de una producción muy pequeña, pero siempre lo hemos hecho dentro de nuestros propios límites. Seguimos elaborando únicamente con uva de nuestros viñedos. De hecho, todavía vendemos parte de la producción y la bodega aún tiene margen de capacidad. Eso nos permite mantener exactamente el mismo control y el mismo cuidado que cuando hacíamos muchas menos botellas.

Cuando alguien prueba Buen Camino, ¿qué está bebiendo exactamente que no podría encontrar en otra zona de la Ribera del Duero?
Cada pueblo imprime su propio carácter al vino y, cuando hablamos de pequeñas elaboraciones artesanas, esa identidad resulta todavía más evidente. Tórtoles, dentro de la Ribera del Duero, es como una pequeña península que se adentra hacia el norte y eso marca la diferencia. Nuestros vinos nacen con un equilibrio muy particular entre fruta, mineralidad y notas florales, una personalidad que responde de forma natural a las condiciones climáticas, edafológicas y orográficas de nuestro territorio.
Habéis decidido crecer únicamente con vuestra propia uva, incluso vendiendo parte de la cosecha antes que comprarla fuera. ¿Qué renuncias supone esa decisión?
Supone asumir un riesgo mayor, porque dependemos exclusivamente de nuestros viñedos. Si un año sufrimos una helada o una tormenta de granizo, las consecuencias recaen únicamente sobre nosotros. Es cierto que tener las parcelas repartidas por todo el término municipal de Tórtoles nos ayuda a diversificar ese riesgo, pues es bastante grande.
Muchas de vuestras parcelas proceden de viticultores que ya no podían trabajarlas. ¿Qué sentís cuando recuperáis una viña que estaba a punto de desaparecer?
Sentimos que estamos recogiendo un legado que habla de quiénes somos y de dónde venimos. Las viñas viejas encierran una historia que explica muchas de las decisiones que seguimos tomando hoy. Trabajarlas es un privilegio, incluso cuando todavía no producen uva. Para nosotros representan la mayor belleza de este oficio y también un enorme orgullo, porque cada vez somos menos quienes continuamos cuidando esos viñedos que durante generaciones formaron parte de la vida de todos los pueblos.
¿Percibís que los consumidores buscan cada vez más vinos ligados a un lugar concreto y a una historia familiar, o todavía pesa más el prestigio de las grandes marcas?
Hay consumidores para todo, pero sí percibimos que cada vez más personas buscan conocer de dónde viene el vino que beben. Nuestro cliente suele interesarse por el origen, por el paisaje y por todo lo que aporta el terroir al vino. Somos conscientes de que somos una bodega pequeña y que jugamos en otra liga distinta a la de las grandes marcas en cuanto a comunicación. Son mundos diferentes, aunque cada vez están más conectados. En general, creemos que existe una tendencia clara: beber menos, pero elegir mejor.






¿Qué significa para vosotros elaborar vino en un pueblo tan pequeño? ¿Sentís cierta responsabilidad de representar a vuestro territorio?
Es una gran suerte poder vivir y trabajar en nuestro pueblo de toda la vida, además en algo tan bonito y tan ligado a nuestra cultura. Al ser un orgullo para nosotros llevar Tórtoles de Esgueva siempre por bandera, tenemos un sentimiento de representación que puede llegar a dar cierto vértigo. Pero también creo que esa responsabilidad es la que nos hace afinar cada día en nuestro trabajo.
Mirando hacia adelante, ¿qué os ilusiona más: recuperar más viñedos, experimentar con nuevas elaboraciones o seguir profundizando en los vinos de parcela?
Justo es el orden nuestras ilusiones en la actualidad. La recuperación de viñedos antiguos es algo lento y duro, pero muy satisfactorio, y seguiremos en ello mientras podamos. También tenemos inquietudes en cuanto a nuevas elaboraciones y seguimos experimentando a nuestro nivel. Pero cada majuelo que se arranca es una pérdida enorme e irreversible, así que salvar esos viejos tesoros merece más la pena que cualquier otra cosa.
Para terminar, ¿qué os gustaría que pensara alguien la primera vez que abre una botella de Buen Camino?
Que está a punto de probar algo que hace una pequeña familia con mucho cariño y trabajo duro; un vino que le llevará a un paisaje concreto, el de un pueblecito burgalés en el extremo noroeste de la Ribera del Duero. También nos gustaría que sintiera que, de alguna manera, está ayudando a mantener vivo ese territorio y que, al beberlo, se sorprenda, lo disfrute mucho y compruebe que detrás hay autenticidad y compromiso.





