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¿Es la comida mejor que el sexo?

Food porn, dopamina, deseo y gastronomía. Una mirada provocadora a dos de los grandes placeres humanos.

Hemos conseguido convertir una necesidad biológica en una de las grandes industrias del placer; pero, ¿qué significa disfrutar de la comida cuando comer ha dejado de ser un problema de supervivencia?

Una paradoja que permite comparar dos de las experiencias que más placer pueden producirnos. Aunque parezcan vivir en territorios diferentes, comida y sexo comparten bastante más de lo que creemos. Ambas tienen que ver con el deseo, la recompensa y la anticipación; pueden convertirse en rituales. La imaginación, espera, apariencia, olor, tacto y expectativa forman parte de lo que sucede antes del primer roce o bocado.

La neurociencia lleva años intentando explicar por qué comer provoca semejante recompensa. Cada bocado activa circuitos cerebrales relacionados con el deleite y la liberación de dopamina, aunque reducirlo a una reacción química sería tan simplista como explicar un beso mediante la fricción epidérmica.

Parte del encanto de comer también está en lo que sucede antes y después: en elegir, preparar, imaginar, compartir y recordar. Si nos alimentáramos con lo mismo tres veces al día por el resto de nuestros días, probablemente la gastronomía perdería bastante de su encanto. La variedad, la expectativa y la elección son parte de la magia.

La tecnología ha ampliado ese territorio. De los libros de cocina pasamos al rectángulo que llevamos en el bolsillo y que nos permite contemplar comida durante horas sin ingerir absolutamente nada. La expresión food porn es bastante explícita. No elegimos denominarlo “fotografía gastronómica” o “estética culinaria”, sino una palabra relacionada con la excitación.

Quesos que se estiran hasta que uno teme que el hilo llegue al vecino de la mesa de al lado, yemas que se derraman a cámara lenta y dedos entrando en donuts bañados en cremas brillantes. La comida se ha convertido en un espectáculo visual y, en ocasiones, para venderla, hay que filmarla con sensualidad abrumadora. Díganselo a la última campaña de Madrid Fusión.

Ahora, las investigaciones en torno al food porn son más serias que el apelativo. Una revisión publicada en Frontiers in Psychology analizó cómo mirar, producir y compartir fotografías de comida en el entorno digital puede influir en nuestra conducta y en el acto de comer. Estas imágenes no tienen un único efecto: pueden estimular el apetito, aumentar el disfrute, favorecer la interacción social y transforman nuestra relación con la comida.

Además, las redes añadieron otra capa: ya no fotografiamos solo lo que comemos, sino quiénes somos al hacerlo.Un desayuno puede demostrar autocuidado; una mesa llena de platos, ostentación. Hemos terminado utilizando la comida como usamos la ropa, la música o los viajes: para contarle al mundo quién creemos que somos y quiénes queremos ser.

El sexo vende. Si un publicista quiere captar la atención, ya sabe cuál es el camino: un perfume que jamás nos hará parecer George Clooney, un escote, una mirada, la curva de una cadera, la mordida de unos labios carnosos y asunto resuelto. Nadie duda de que ocupa uno de los escalones más altos del éxtasis humano, el territorio donde la atracción derrota a la razón.

Pero prueben a hacer una encuesta doméstica. Pregunten en una cena cuál ha sido el mejor “polvo” del último mes. Se hará el silencio, habrá risas, evasivas y quizá una respuesta inflada por la necesidad humana de parecer más de lo que uno es. Planteen después cuál ha sido la mejor comida y observen el resultado.

Hasta aquí, podríamos decir que comida y sexo juegan en la misma liga. Pero hay una diferencia biológica que conviene introducir, aunque solo sea para no construir toda la comparación sobre una falsa equivalencia: la comida es una necesidad vital para la supervivencia individual y el sexo no lo es.

Una persona puede pasar toda su vida sin mantener relaciones sexuales; nadie puede hacer lo mismo dejando de comer. A nivel de especie el sexo resulta imprescindible para la reproducción, pero esa es otra escala. El cuerpo necesita alimento para seguir vivo; el sexo responde a otras necesidades, anhelos y funciones.

E incluso cuando hemos colocado ambos conceptos dentro del territorio del disfrute, tampoco los hemos tratado igual. La comida ha podido celebrarse en público, exhibirse y convertirse en conversación sin cargar con el mismo peso moral que durante siglos ha acompañado al sexo. Y eso que lujuria y gula son pecados capitales.

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Hay otra razón por la que la comida tiene las de ganar. A grandes rasgos, y por no abrir más melones —porque el placer transaccional también es accesible y la buena mesa, al fin y al cabo, se paga—, la comida ofrece una soberanía sin negociaciones. No depende de que otra persona quiera lo mismo que nosotros en ese preciso momento.

Una tortilla de patatas no discute contigo antes de acostarse; un bocadillo de madrugada no está cansado después de doce horas de trabajo y un plato de lentejas no necesita resolver un conflicto pendiente y, sobre todo, no exige reciprocidad. La comida ofrece una recompensa inmediata, constante y previsible. El sexo no mercantilizado depende del deseo, del otro y de algo tan delicado como la intimidad. Para que funcione de verdad tienen que coincidir dos o más personas en el mismo lugar, en el mismo momento y estar en cierta sintonía.

También hemos desarrollado herramientas mucho más sofisticadas para anticipar y evaluar una comida que un encuentro sexual. Antes de sentarnos en un restaurante podemos consultar la carta, mirar fotografías, leer reseñas, preguntar a un amigo, saber cuánto cuesta y decidir si merece la pena recorrer quinientos kilómetros.

Con el sexo la cosa cambia. Las apps de citas no tienen estrellas. Debajo de la foto aparece la propia descripción del “restaurante”, pero no una reseña que avise de que “el servicio fue algo frío, pero el final no estuvo mal”. Hacemos match, pasamos cromos, respondemos las mismas preguntas una y otra vez, tomamos una caña y, cuando llega el momento de desnudarse, seguimos sin saber si aquello va a funcionar. Tenemos más garantías del placer culinario que del sexual.

Pero eso no significa que ambos vivan separados, más bien lo contrario. Cocinar para alguien continúa siendo una de las formas más elegantes de decir “te quiero”. Hasta existe un nombre para quienes llevan esa unión un paso más allá: sitofilia. En esta práctica erótica los alimentos dejan de ser únicamente comida para convertirse en parte del juego. Untar, morder, lamer o saborear adquieren un significado diferente porque la pulsión incorpora el lenguaje de la cocina. No deja de ser curioso que algunos de los verbos más habituales de una comida también puedan pertenecer al lenguaje del amor.

El Test Mundial del Placer (2009), en el que participó el profesor Javier Barraycoa, analizó diez indicadores relacionados con el bienestar y el disfrute, divididos entre experiencias sensoriales y aspectos de sociabilidad. Los resultados dibujaron una sociedad bastante menos pendiente de la cama de lo esperable, pues la comida aparecía por delante del sexo.

Conviene no convertir aquello en dogma. Las encuestas sobre gustos tienen la fragilidad de las charlas sobre felicidad; uno responde lo que cree que siente, lo que recuerda o lo que considera razonable admitir. Pero los datos permiten plantear algo más interesante que decidir si una buena chuleta gana a un orgasmo.

Antes de decidir qué placer gana convendría preguntarse desde dónde estamos planteando la comparación. ¿Qué ocurriría si se realizara la misma pregunta entre personas para quienes comer sigue siendo, únicamente, poder comer? La cuestión importa porque buena parte de los estudios que intentan medir el disfrute alimentario se realizan en sociedades donde la comida está disponible en cantidades y variedades que nuestros antepasados habrían considerado impensables.

El hambre, en cambio, para millones de personas no significa decidir entre un menú degustación o un huevo frito con puntilla; significa no tener qué comer. Conviene recordarlo antes de frivolizar sobre que la comida es uno de los grandes placeres universales.

Precisamente por eso resulta tan interesante que en las sociedades occidentales hayamos conseguido desplazar la alimentación desde el territorio de la necesidad hasta el hedonismo. En España, en poco más de setenta años hemos pasado de preguntarnos si habría comida suficiente a discutir si el matcha es ceremonial o culinario. La evolución de la especie tiene sus “cositas”. Hemos construido alrededor de una necesidad biológica toda una infraestructura cultural para concederle tiempo, atención y significado.

Y aquí aparece un último apunte. La sexóloga Kimberly Resnick Anderson señala que cuando una pareja deja de mantener relaciones sexuales o, más importante todavía, deja de considerar el sexo una parte esencial de la relación, puede comenzar una “pendiente rápida y resbaladiza” hacia el olvido y el final. Y es que aquello a lo que dejamos de prestar atención acaba perdiendo espacio en nuestra vida.

Entonces, ¿la comida ha ganado al sexo o simplemente ha recibido más espacio y oportunidades?

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