ORIGENESVINO

Raúl Pérez, el mago del vino o cómo revolucionar la vitivinicultura sin dejar de escuchar la tierra

Las revoluciones que perduran no son las que rompen con el pasado, sino las que consiguen sentarlo de nuevo a la mesa.

El documental sobre Raúl Pérez, estrenado ayer en Cuatro, utiliza la carrera hacia los 100 puntos como hilo conductor para retratar a un hombre que lleva toda una vida demostrando que el vino jamás empieza cuando se descorcha.

Chesterton plasmó en el capítulo 4 de su libro Ortodoxia (1908) que la tradición consiste en dar voto a los muertos. No hablaba de convertir el pasado en un museo sino de permitir que quienes estuvieron antes siguieran formando parte de la conversación. Raúl Pérez resume la misma idea con una frase mucho más berciana y bastante más contundente: “Si dices que no a todo lo que había, ¿qué coño haces aquí?”.

La innovación suele confundirse con la ruptura. Cambiar parece consistir en borrar lo anterior, como si cada generación necesitara empezar desde cero para justificar su existencia. El documental propone exactamente la idea contraria. Raúl Pérez ha revolucionado el vino español porque conoce profundamente aquello que heredó. Nadie entiende una viña vieja como quien la ha escuchado durante décadas. Nadie sabe qué cambiar si antes no ha aprendido qué merece la pena conservar.

La serie arranca donde muchos documentales terminarían: con la presión de mantener los históricos 100 Parker que La Muria consiguió en 2023. Y es que los números tienen una capacidad extraordinaria para tranquilizarnos. Nos gusta saber cuál es el edificio más alto de mundo, cuánto corre un coche o cuántas estrellas tiene un restaurante. También nos gusta creer que un vino puede resumirse en una puntuación. Los 100 Parker funcionan precisamente porque convierten una conversación compleja en una cifra que cualquiera entiende. El primer capítulo de El mago del vino, estrenado ayer en Cuatro, hace el camino contrario: utiliza esa cifra para recordar todo lo que queda fuera de ella.

El reto que plantea el documental no es alcanzarlos, sino convivir con ellos. Cualquiera que haya dedicado años a un proyecto conoce esa sensación. Llegar nunca resulta tan difícil como permanecer. La presión deja de ser conquistar una cima y pasa a consistir en demostrar que aquella cima no fue un accidente. Sin embargo, bastan unos minutos junto a Raúl Pérez para descubrir que la conversación apenas gira alrededor de la puntuación. Enseguida vuelve a las viñas.

Por eso El mago del vino resulta mucho más interesante cuando se aleja de las botellas. La cámara encuentra a Raúl caminando entre cepas, hablando de parcelas como quien presenta a miembros de su familia. La Vitoriana, El Rapolao, Villegas o La Cova de la Raposa dejan de ser nombres sobre un mapa para convertirse en lugares con personalidad propia. Mientras otros hablan de variedades, él habla de paisaje. Mientras otros describen un vino, él intenta explicar de dónde nace.

Ese cambio de mirada ha terminado transformando también el Bierzo. Baltuille de Abajo apenas supera los sesenta habitantes y, sin embargo, alrededor del viñedo ha construido algo que muchos territorios persiguen desde hace años: empleo, proyectos y jóvenes que encuentran razones para quedarse. Se habla mucho de combatir la despoblación desde los despachos. Raúl Pérez nunca escribió un plan estratégico, simplemente convenció a mucha gente de que una viña podía valer más por lo que contaba que por lo que producía.

Dan en la diana cuando no lo convierten en un héroe solitario. Quienes aparecen a su alrededor hablan tanto de él como del pueblo, de los vecinos, de los viticultores o de las personas que han ido creciendo al mismo tiempo que sus vinos. Hay liderazgos que ocupan todo el escenario y otros que consiguen ampliar el escenario para que quepan más. La diferencia suele medirse peor que los puntos Parker, pero deja huellas mucho más profundas.

La historia familiar termina de explicar el personaje. Las viñas que su abuelo perdió durante la Guerra Civil, la muerte de su padre cuando era un niño o Rosario, la tía que emigró a Argentina y ayudó a recuperar aquellas tierras, explican por qué algunas parcelas no pueden medirse en hectáreas. Recuperar una de esas viñas se parece mucho a volver a abrir el álbum familiar después de muchos años. Todos conocemos esa sensación. Las fotografías no cambian el pasado, pero impiden que desaparezca.

La cámara de David Moncasi entiende muy bien esa idea. Evita el retrato grandilocuente del genio y prefiere detenerse en los silencios, en las manos, en el tiempo que requiere observar una planta antes de tomar una decisión. Hay algo profundamente honesto en esa forma de filmar. Como ocurre con el propio vino, la prisa solo sirve para estropear lo importante.

El primer capítulo de El mago del vino comienza con una pregunta muy sencilla: qué ocurre después de conseguir los ansiados 100 Parker. Lo conoceremos pronto. Las puntuaciones pueden cambiar una carrera, pero nunca sustituyen el lugar del que uno viene. Y esa, probablemente, sea la enseñanza más valiosa que deja Raúl Pérez; que las revoluciones que perduran no son las que rompen con el pasado, sino las que consiguen sentarlo de nuevo a la mesa.

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