Desde su casa en Palencia, Alberto Villegas dibuja una ruta de bares, restaurantes y proyectos que hablan de Castilla y León desde una mirada honesta y contemporánea.
Tras una fachada discreta en una calle tranquila de Palencia, el restaurante San Remo guarda una de esas historias que se entienden mejor al sentarse a la mesa. Allí, donde antes se escuchaba el trajín de un negocio familiar levantado con paciencia, hoy manda la mirada inquieta del cocinero Alberto Villegas. Autodidacta y criado entre los fogones del local que regentaba su madre (Magdalena), Villegas ha decidido mirar hacia adelante sin romper con lo que fue. Su objetivo es claro: que la casa siga siendo, como él mismo dice, “un refugio para los sentidos”.
La declaración no suena grandilocuente cuando uno se acerca a su cocina. Hay técnica, claro, pero sobre todo una voluntad evidente de respetar el producto y la temporada, de dejar que el sabor tenga la última palabra. En esa línea se mueve una carta que combina tradición con una sensibilidad contemporánea.
La propuesta se mueve con naturalidad entre el bar y la sala. Desde un picoteo informal hasta una comida más pausada, San Remo ofrece una carta amplia donde conviven los platos de siempre con otros que afinan un poco más el discurso. La menestra palentina, los arroces —su gran especialidad—, las croquetas o el rabo de toro de lidia marcan el camino de una cocina reconocible y bien ejecutada. Todo gira en torno al producto de cercanía y a una idea clara: intervenir lo justo para que el sabor se exprese sin ruido.
El trabajo de Villegas ha empezado a encontrar eco fuera de la ciudad. San Remo fué incluido en la Guía Michelin España 2025, un reconocimiento que sitúa al restaurante entre los nombres a seguir en Castilla y León. “Es un honor increíble, especialmente porque este proyecto lleva el legado de mi madre, quien me enseñó todo”, nos confiesa.
En paralelo, su nombre ha ido ganando presencia con propuestas como Las Bravas del abuelo Isaac, una tapa que conecta directamente con su historia familiar y ostentando el título de campeón de tapas y pinchos de Palencia.
Pero si algo define a Villegas es su manera de hablar de los lugares que le rodean. Cuando se le pregunta dónde come, dónde desayuna o a qué bares vuelve siempre, su respuesta dibuja un pequeño mapa sentimental de Palencia y de la cocina castellana más pura.
Las direcciones de Alberto
Churrería de Jardinillos (Palencia)
Pocas cosas explican mejor una ciudad que sus rutinas. En Palencia, ese ritual pasa por este kiosco metálico junto al parque, abierto desde 1928. Un negocio que ha sobrevivido al paso del tiempo sin cambiar lo esencial. “Para desayunar, sin duda alguna, los churros de la churrería de Jardinillos”. Aquí todo gira en torno a esa elaboración recién hecha, servida casi al momento, con ese equilibrio perfecto entre crujiente y tierno que solo da la práctica de décadas. Varias generaciones han crecido con este desayuno, que sigue siendo uno de los pequeños placeres cotidianos de la ciudad.
Castizo Wine Bar (Valladolid)
Castizo es, en cierto modo, una extensión del propio Villegas. Una taberna contemporánea junto a la Catedral donde la propuesta se centra en dos pilares: la tortilla de patata y los guisos. “Para tomar un vermut, la zona de Castizo Wine Bar en Valladolid, toda la calle Arribas y Cascajares”.
Y es que aquí la tortilla, melosa y cremosa, se sirve en pincho o recién hecha, con el huevo perfectamente integrado en una base de patata y cebolla bien trabajada. A su lado, una carta de cuchara que cambia con la temporada: platos profundos, sabrosos, pensados para comer sin prisa. En un contexto donde muchas cartas se parecen entre sí, aquí hay una idea clara y bien ejecutada.
Los Palmeros (Frómista, Palencia)
“Para comer, donde Álvaro, en Los Palmeros, Frómista”, nos señala. Ubicado en un antiguo hospital de peregrinos del Camino de Santiago, este restaurante respira historia. La propuesta es clara: cocina regional, producto cercano y respeto por las recetas. En la mesa aparecen platos de caza como la perdiz o el corzo, junto a verduras de la huerta palentina y elaboraciones tradicionales como las alubias de Saldaña. No hay giros innecesarios. Todo está donde tiene que estar.
Bar Juanón (Ruesga, Palencia)
En la Montaña Palentina, este bar se ha convertido en un destino en sí mismo. Su éxito no tiene misterio: cocina casera, producto propio y una relación calidad-precio difícil de igualar.
“Para cenar una buena carne en Ruesga, donde Juanón, y esos tomatitos de su huerta, increíbles”, dice Alberto. Las carnes son el eje de la carta, pero los tomates de su huerta resumen bien el espíritu del lugar. Sabor directo, sin adornos. Un sitio al que se va a comer bien y a salir satisfecho.
Terra (Palencia)
El proyecto de Roberto Terradillos es un homenaje al territorio. Su cocina recoge recetas tradicionales y las revisa con una mirada actual, sin perder la esencia. “Un buen menú degustación en Terra, donde Rober, un crack y muy buena gente”.
Productos como la cecina de Villarramiel o la morcilla de Villada conviven con platos más elaborados como las albóndigas de lechazo o el arroz de perdiz y sepia. Todo bajo una idea clara: poner en valor la despensa palentina.
Sabores Palentinos (Saldaña, Palencia)
Cuando se trata de llevarse un trozo de la provincia a casa, Villegas lo tiene claro. “Es uno de esos sitios donde puedes seguir el viaje después, ya en casa”, viene a decir. Esta tienda gourmet en el centro de Saldaña reúne embutidos, quesos, vinos y productos artesanos seleccionados con criterio.
Saborea Palencia
En el otro lado de la cadena, más profesional, aparece esta distribuidora que abastece a buena parte de la hostelería local. “Su papel es menos visible, pero fundamental para que muchos restaurantes mantengan el nivel de producto que exige la cocina actual”, apunta.
Casa Azofra (Burgos)
Si el plan pasa por salir de la provincia, la recomendación es clara: “Un asador de lechazo como Casa Azofra, en Burgos”. Fundado en 1957, este restaurante familiar sigue siendo uno de los grandes referentes del asado castellano. Aquí el lechazo se trabaja con el respeto que exige la tradición: horno, tiempo y buen producto.
La Chistera (Soria)
Villegas no quiere cerrar sin citar un clásico personal. “Si hablamos de cocina casera, sin lugar a dudas, La Chistera de Soria”. Una recomendación que nos han hecho tantas veces que casi no hace falta repetirlo. Por algo será.
Este es el mapa de Alberto Villegas. Un recorrido que busca conectar donde el producto importa, donde la cocina tiene sentido y donde el tiempo parece ir un poco más despacio. Porque, al final, comer bien también tiene que ver con eso.





