Nadie deja que un niño decida solo qué palabras aprender o si quiere ir al colegio. Sin embargo, cada vez es más común que sí decida qué come. El resultado no es libertad gastronómica, sino un paladar malcriado: limitado, repetitivo, acostumbrado a sabores fáciles. Educar el gusto debería ser una tarea tan básica como formar el habla o estudiar matemáticas.
A veces la escena ocurre en el supermercado. Un niño de cinco años, plantado frente a un congelador lleno de cajas brillantes, dicta su veredicto con la autoridad de un pequeño ministro: eso sí, eso no, eso tampoco. El padre asiente con la paciencia cansada de quien prefiere evitar una discusión pública. El carrito avanza cargado de soluciones rápidas mientras el niño sigue gobernando el menú familiar desde la altura exacta de su capricho.
Recuerdo un viejo anuncio de electrodomésticos en el que un pequeño pateaba la puerta de la nevera con indignación. La escena pretendía ser graciosa, pero encerraba algo más interesante: la tensión entre la disciplina de la mesa y el deseo inmediato. Hoy el niño no daría patadas; simplemente recibiría otro plato distinto.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los niños no elegían el menú: lo descubrían. La práctica pedagógica era simple y bastante eficaz: “si hoy no te lo comes hoy, te lo comerás mañana”. El plato regresaba desde la nevera hasta la mesa, como una lección repetida. Una práctica que entendía que el paladar, como el lenguaje, se aprende por exposición y por insistencia.
Esta escena se repite en miles de casas. La abuela sirve un plato y uno de los progenitores interviene con rapidez protectora: “No se lo pongas, que eso no le gusta”. El detalle curioso es que el niño jamás lo ha probado. El gusto ya ha sido decidido por adelantado. El paladar infantil queda así encapsulado en un pequeño catálogo de alimentos seguros, suaves, previsibles y, sobre todo, de cómodo cocinado.
En ese gesto aparentemente cariñoso se esconde una forma moderna de pereza educativa. Formar el paladar exige tiempo, paciencia y cierta autoridad. Mucho más fácil es delegar la decisión en el niño, en la encargada del comedor de la escuela o en la industria alimentaria que diseña productos pensados para encandilar. ¡Ah!, y que no se olvide la tablet en el morro, no vaya a ser que el infante se percate de lo que come y le dé por pensar
Quién sostiene la sartén y quién tiene el mango.
Contra el gusto predecible: comer para volver a no saber.
Alfonso X: el rey que también gobernaba sobre la mesa.
El resultado es: el tirano consentido. Un comensal diminuto que condiciona la compra semanal, reorganiza el menú familiar y reduce el repertorio culinario a tres o cuatro preparaciones básicas: pasta, empanados, alimentos procesados y salsas.
La industria lo sabe perfectamente. El paladar infantil es el territorio comercial más rentable del planeta. Basta con simplificar sabores, exagerar aromas y eliminar cualquier textura incómoda. El resultado es una comida fácil de aceptar y aún más fácil de repetir. Comer se convierte en un acto automático, casi mecánico.
Paradójicamente, el ser humano —históricamente omnívoro, explorador de sabores— termina reducido a un consumidor simplívoro. Un ser acostumbrado a imitar siempre la misma combinación de grasa, azúcar y sal. Un apetito insaciable de calorías rápidas que atiborran el cuerpo, pero empobrecen los sentidos.
Lo vi muy de cerca durante años. Un antiguo ligue procedía de un entorno donde cocinar era una actividad casi inexistente. A mis treinta y tantos aún no había visto algo similar y me dió por rumiar. Aquella casa no conocía el olor de un pescado al horno ni el aroma concentrado de una cocina en pleno trabajo. Un detalle explica muchas cosas: cuando una familia deja de cocinar, rompe una cadena invisible de gestos, técnicas y sabores que durante siglos se transmitió.
Mientras tanto, en el mundo rural ocurre otra transformación menos visible pero mucho más profunda. Los pueblos envejecen, los jóvenes se marchan y la despoblación vacía territorios donde durante generaciones se cultivaron productos, recetas y maneras de comer. Con cada casa cerrada desaparece también una pequeña biblioteca culinaria que nadie ha catalogado.
Durante mucho tiempo hemos adoptado hábitos alimentarios ajenos, especialmente los procedentes de Estados Unidos. Resulta curioso observar cómo convivimos con una contradicción: practicar un antiamericanismo retórico mientras llenamos nuestras ciudades de hamburguesas y tartas de queso.
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Una croqueta perfecta vale tanto como una cucharada de huevas de esturión beluga.
La globalización alimentaria es inevitable y, en muchos sentidos, enriquecedora. Las cocinas del mundo han ampliado nuestro horizonte gastronómico y la mezcla de tradiciones ha generado combinaciones interesantes. La llamada cocina de fusión demuestra que el paladar humano disfruta descubriendo nuevos territorios gustativos.
Pero una cosa es la apertura cultural y otra muy distinta la sustitución acrítica. Cuando el fast food se convierte en el modelo dominante de alimentación cotidiana, el gusto se empobrece. La diversidad de sabores se reduce a una serie de combinaciones previsibles diseñadas para generar placer inmediato.
Conviene recordar que la historia de la civilización humana está profundamente ligada a la de la alimentación. El desarrollo de la agricultura, la ganadería y las redes de distribución permitió algo extraordinario: producir alimentos suficientes para una población creciente. El gran éxito de la humanidad ha sido, precisamente, aprender a alimentarse mejor.
Ese éxito incluye hoy un nuevo desafío. Producir alimentos de calidad reduciendo al mismo tiempo el impacto ambiental y garantizando la sostenibilidad. La coexistencia entre producción local y globalización comercial es una realidad inevitable.
Por eso la respuesta no consiste en rechazar las influencias externas. La clave está en mantener una relación consciente con los alimentos que forman parte de nuestra identidad territorial. Productos cultivados con seguridad, trazabilidad y conocimiento acumulado durante generaciones.
Educar el paladar de los niños significa precisamente eso: enseñarles a reconocer y valorar esa diversidad. Quizá así puedan descubrir que los alimentos no aparecen por arte de magia en envases de plástico, sino que nacen de la tierra, del trabajo agrícola y de una cultura alimentaria que merece ser defendida.
Quizá entonces el paladar recupere algo de la curiosidad que siempre lo definió. Y quizá también logremos evitar que la próxima generación de comensales crezca creyendo que el mundo gastronómico se reduce a pizza, nuggets y una pataleta frente a la nevera.






