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¿Y si mañana quiebra Michelin?

¿Prestigio o rentabilidad? Descubre por qué muchos restaurantes necesitan algo más que sus mesas para sobrevivir.

La alta cocina ha conquistado un prestigio mundial que nadie discute. La pregunta es si el reconocimiento ha terminado construyendo un modelo donde, para muchos restaurantes, alcanzar la cima significa también hacer cada vez más difícil vivir de ella.

La pregunta apareció hace unas semanas en una conversación con Javi Antoja de Se Me Antoja y produjo ese silencio que solo plantean ciertas hipótesis: ¿y si mañana quebrara Michelin? No porque vaya o deba ocurrir. La guía lleva más de un siglo marcando el rumbo de la restauración mundial y ha hecho por la cocina española más de lo que probablemente haya hecho cualquier otra institución. Precisamente por eso merece la pena formular la pregunta, pues esta sirve para descubrir de qué depende realmente un sistema. ¿No es acaso al imaginar la ausencia de una pieza cuando comprendemos el peso exacto que habíamos depositado sobre ella?

Durante décadas hemos contado la historia de la gastronomía española como una sucesión de conquistas. Primero llegaron los grandes maestros franceses, después la Nouvelle Cuisine y, más tarde, Ferran Adrià demostró que un restaurante podía formar parte de la conversación cultural. Detrás aparecieron un regimiento de cocineros capaces de convertir pequeños pueblos en destinos internacionales y de situar la cocina española en un lugar que parecía reservado a otras disciplinas. Nadie sensato discutiría ese legado. Lo interesante empieza cuando un ese movimiento deja de ser una excepción para convertirse en el modelo que todos intentan reproducir.

En ese camino aprendimos a medir el éxito con una estrella. Dos. Tres. Una posición en una lista. Una portada. Un reconocimiento internacional. Ese lenguaje común ha resultado extraordinariamente útil para prestigiar la profesión, pero también ha favorecido una confusión de la que apenas hablamos: Michelin nunca diseñó un modelo económico; diseñó un sistema de reconocimiento. Fuimos nosotros quienes acabamos confundiendo una cosa con la otra.

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Existe una conversación que se repite con demasiada frecuencia cuando se apagan los fogones y llega el momento de revisar las cuentas. Nadie cuestiona el valor de una estrella, pero cada vez son más los cocineros que se preguntan cuánto cuesta sostenerla. Conseguir una distinción es un objetivo; mantener el nivel que exige durante años es un modelo de negocio, y no siempre funciona. De hecho, pocas veces es rentable.

En casi cualquier profesión, alcanzar la cima consolida la rentabilidad. Un arquitecto reconocido firma proyectos más ambiciosos y un cirujano con buena reputación recibe más pacientes. El talento genera oportunidades y estas generan estabilidad. La lógica parece evidente salvo para la alta cocina que opera bajo una dinámica inversa: el clímax del prestigio internacional de un chef coincide, de forma casi sistemática, con el periodo de mayor asfixia financiera y desequilibrio operativo de su establecimiento.

Pepe Rodríguez contaba en el episodio que había viajado a París con sus hijos y decidió visitar varios restaurantes con una estrella Michelin. Esperaba encontrar el mismo despliegue al que estamos acostumbrados en España, pero se topó con otra cosa. Mesas desnudas. Dos camareros capaces de atender toda la sala con una eficacia impecable. Copas sencillas. Una cocina magnífica concentrada en el plato y en el cliente, no tanto en la parafernalia que lo rodea. El precio, para el nivel ofrecido, tampoco parecía desorbitado.

Al volver a casa empezó a enumerar todo aquello que, casi sin darse cuenta, había ido incorporando a su propio restaurante. El mantel de lino que alguien plancha cada mañana. Las copas de cristal soplado cuyo precio supera al de muchas de las botellas que contienen. Dos sumilleres porque el vino también forma parte de la experiencia. Una vajilla diseñada por un ceramista. El florista. El diseñador de iluminación. El investigador que trabaja durante meses en un plato que desaparecerá antes del verano. El proveedor que recorre cientos de kilómetros para entregar apenas dos kilos de un producto extraordinario. Separados, ninguno de esos gastos parece excesivo. Juntos construyen una estructura tan admirable como difícil de sostener.

Tendemos a confundir el restaurante con la empresa. Pero no son lo mismo, un comedor lleno no garantiza beneficios del mismo modo que una lista de espera tampoco asegura tranquilidad financiera. Desde fuera todo parece funcionar con precisión; por dentro, muchas veces las cuentas se sostienen con el equilibrio inestable de una mesa sin pata. El cliente contempla el resultado final y casi nunca presencia el momento en que alguien cierra el Excel y descubre que el prestigio no siempre paga las facturas.

Esa contradicción explica por qué algunos de los cocineros más admirados del mundo han terminado construyendo auténticos ecosistemas alrededor de sus restaurantes. Hoteles, asesorías, congresos, libros, colaboraciones con marcas, productos propios o conferencias internacionales. No hay nada reprochable en diversificar; cualquier empresario sensato sabe que no conviene poner todos los huevos en la misma cesta. Lo llamativo es que durante años hayamos preferido pensar que todo ese universo era un complemento y no, en muchos casos, la condición necesaria para sostener aquello que dio origen a todo lo demás.

No os voy a volver a contar que ElBulli cambió nuestra manera de cocinar y de mirar un restaurante. Aquello fue un triunfo inmenso, aunque también abrió la puerta a diferentes capas que, tomadas de una en una, resultaban razonables: un pase más, una vajilla distinta para cada elaboración, una historia sobre el productor, una banda sonora, un discurso sobre el territorio, otro sobre la memoria, otro sobre la sostenibilidad. Comer dejó de ser únicamente comer para convertirse en un relato cuidadosamente construido. Y el relato, cuando está al servicio del plato, desde luego que engrandece. El riesgo aparece cuando el plato termina trabajando para sostener dicho cuento.

Vivimos, además, en una época especialmente propicia para esa transformación. Gilles Lipovetsky o Yves Michaud llevan años explicando cómo el lujo contemporáneo ha dejado de identificarse con el exceso para refugiarse en lo auténtico, en lo artesanal, en aquello que parece escapar de la producción masiva. Ya no basta con que un tomate esté rico, queremos saber quién lo cultivó, qué variedad sembró su abuelo, cuántas generaciones lleva la familia trabajando esa tierra y por qué ese bancal recibe el sol de una manera distinta. Todo eso añade valor, pero también costes.

No es extraño que los gastroinfluencers hablen ya de «la experiencia» con una solemnidad que recuerda más a la crítica de cine. Confieso, además, que pocas palabras me producen tanta pereza como el dichoso término. Se ha convertido en ese comodín capaz de explicarlo todo y, precisamente por eso, de no explicar casi nada. En ocasiones parece que hemos dejado de juzgar una comida por el placer que produce para hacerlo por la cantidad de conceptos que consigue condensar en tres horas. Como escribió Philippe Regol al reflexionar sobre la evolución de la cocina contemporánea, conviene no olvidar que antes de experimentar hay que conocer profundamente el producto. No era una enmienda a la creatividad; era una llamada de atención para que la innovación no acabara devorando aquello que pretendía celebrar.

Santi Santamaría intuyó ese riesgo antes que casi nadie. Su enfrentamiento con una parte de la vanguardia se redujo demasiadas veces a una caricatura entre tradición e innovación, cuando en realidad planteaba otra cosa: ¿en qué momento el cocinero empieza a cocinar más para impresionar que para alimentar? El tiempo ha demostrado que aquella discusión nunca fue una batalla entre buenos y malos, sino el síntoma de una cocina que empezaba a preguntarse cuál era el precio de su propia ambición.

Mientras tanto, las casas de comidas seguían practicando una elegancia que nunca sintió la necesidad de estar en el candelero. Una alubia cocinada igual que la hacía la madre, un lechazo que llegaba del pueblo de al lado, un camarero que conocía el nombre de los nietos de media clientela. Nadie hablaba de narrativa gastronómica porque el relato era la propia vida. Y pregunto, ¿hasta qué punto nuestra búsqueda de lo sublime nos ha llevado a acumular elementos cuyo peso simbólico supera con creces su utilidad real?

Cuando René Redzepi anunció que Noma dejaría de funcionar como restaurante en el formato que conocíamos, muchos lo interpretaron como el final de una época. Yo creo que fue otra cosa: el reconocimiento público de que incluso los modelos más admirados tienen límites económicos. Y, señores, cuando el mejor alumno cuestiona el examen, convendría revisar las preguntas.

España ha construido uno de los patrimonios gastronómicos más admirables del mundo. Ha dignificado oficios, ha recuperado productos olvidados y ha situado a agricultores, ganaderos, artesanos y cocineros en el centro de una conversación cultural apasionante. El siguiente paso, sin embargo, consiste en lograr que lo sublime y lo rentable vuelvan a caminar de la mano.

Si mañana la guía dejara de existir, las estrellas se apagarían de golpe, pero la gente seguiría enamorándose alrededor de una mesa, reconciliándose frente a un guiso, celebrando un nacimiento con una botella de vino o mojando pan en una salsa hasta dejar el plato limpio. Ninguna guía ha inventado ese gesto y tampoco podrá sustituirlo. Las estrellas siguen siendo importantes, pero ningún restaurante puede vivir únicamente de contemplar el firmamento.

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