Entre el hacha y la cuchara: cuando el oficio artesanal vuelve a la mesa.
Un proyecto personal que reinventa el uso de la madera para cocinar y comer en clave artesanal.
Un artesano vallisoletano afincado en un pueblo de Burgos transforma madera verde en utensilios culinarios únicos, recuperando tradiciones mientras reconecta oficio, cuerpo y gastronomía.
En un momento en el que la sociedad parece obsesionarse con lo rápido, lo desechable y lo uniforme, hay quienes, casi sin pensarlo, regresan a lo contrario: a lo lento, a lo manual y a lo profundamente conectado con la raíz, el gesto y el cuerpo. Eso es lo que hace Gonzalo Yanguas, un joven de Valladolid que, hace alrededor de dos años y medio, tomó un hacha, madera de poda y empezó a tallar cucharas. Ni por moda ni por nostalgia, sino casi por impulso: como una forma de reconciliar sus propias tensiones internas con una práctica que lo enraíza, lo acompaña y, sobre todo, lo sitúa en una tradición artesana que, aunque no ha desaparecido del todo, se había vuelto invisible.
La historia de Gonzalo no empieza en un nicho de artesanía tradicional ni en un taller milenario: su primer contacto serio con la madera fue reparando instrumentos musicales —“casi todo de bajos y guitarras”— y aprendiendo a golpe de ensayo y error. Su madre mora en un pequeño pueblo de Burgos, donde se le entregó —literalmente— una tonelada de leña sin trocear para el invierno. Fue allí, entre hachazos, que se le despertó la idea de convertir un tronco en utensilios de cocina. ¿Por qué cucharas? Él dice que al principio parecía “imposible”, pero pronto esa dificultad se transformó en desafío, y el hacha en herramienta de exploración.
Su proyecto lo bautizó con humor e ironía como “Cucharas de la Ira”, un apelativito no gratuito, pues tallar madera con hacha y cuchillo se convirtió en una especie de terapia para gestionar frustraciones, tensiones y los ritmos frenéticos del día a día. Con cada golpe, descubrió que el proceso mismo era una forma de calmar la mente, afinar la concentración y situarse en un ritmo contrario al del mundo moderno.
Esa conexión entre cuerpo, oficio y silencio lo llevó a replantearse la relación entre garra manual y objeto útil. Gonzalo trabaja en el pueblo burgalés de su madre con madera verde de podas —frutales como membrillo, manzano, peral, olmo o nogal— que consigue a través de redes de vecindad. Amigos, jardineros municipales, o terrenos con frutales hace que Yanguas vuelva a dar vida un material que de otro modo se desperdiciaría. Cada pieza es el resultado de un proceso largo: la madera verde se remoja para estabilizarla, se talla mientras aún es blanda y, una vez acabada, se deja secar lentamente en condiciones controladas, antes de aceitada con un producto apto para uso alimentario.
Aunque lo hace sin maquinaria —solo herramientas de filo tradicionales— y sabe que no puede competir con la producción industrial en precio ni volumen, Gonzalo ve un valor profundo en la cuchara como objeto culinario: no solo como herramienta para comer o cocinar, sino como conector sensorial entre alimento, cuerpo y cultura. En un tiempo en que la artesanía parece reservada a lo decorativo, su trabajo reivindica la función utilitaria como acto creativo y gastronómico.
Su proyecto no es solo tallar piezas: es proponer una forma de desaceleración productiva, una respuesta práctica a la velocidad contemporánea que a menudo desconecta al individuo del objeto y de su propia mano. Aunque hoy su producción es pequeña y no vive exclusivamente de ella, ha empezado a construir una presencia online y una comunidad alrededor de su trabajo, planeando cursos, catálogo artesanal y un proyecto vital que, le ha llevado a vivir cerca de un pueblo, donde su diálogo con la madera y la mesa es pleno.
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¿Crees que hay algo esencial en el gesto de comer con una cuchara hecha a mano que se pierde con la producción industrial?
Creo en la cuchara como objeto tótem, y estamos muy habituados a que nos dé igual con cuál comer. Hay algo distinto en utilizar una pieza de menaje única y cargada de energía a la hora de comer o servir. A veces es como sacar el mantel de las ocasiones especiales; otras, utilizar tu cuchara personal e intransferible en cada comida es convertir lo cotidiano en ritual.
La cuchara es un símbolo de cuidado y de bonanza; qué menos que elegir con mimo aquello que sirve de puente entre el plato y nuestra boca.
En tu práctica se cruza la cultura, la artesanía, la terapia personal y la gastronomía. ¿Cómo se alimentan mutuamente estos tres ámbitos?
Algunos nacemos inquietos, y el momento en que vivimos no creo que resulte fácil para nadie. Encontrar una experticia como esta —que enseña constancia, disciplina y paciencia; que despierta la curiosidad y que sirve de toma de tierra— puede ser una salvación para muchos. Para mí lo fue.
Al aprender los entresijos del oficio me vi sumergido en documentales de Eugenio Monesma y en libros sobre los oficios del Pirineo del siglo XIX. Preguntaba a cada jardinero y trabajador forestal acerca de las cualidades y la naturaleza de cada variedad de madera, en busca de conocimiento, con un hambre que ninguna otra disciplina me había despertado.
Toda la vorágine de malos pensamientos que solía rondarme se vio reducida a una idea constante: transformar mi inquietud y mi malestar en elementos cotidianos que tienen tanto que ver con cuidar y llenar la tripa.
Creo que el hilo conductor tiene que ver con el hambre: ya sea de conocimiento, de crear o de alimentarse. Los oficios y las culturas locales solo perduran si quienes los habitan tienen hambre de conocer y hacer suyo aquello que otros recopilaron antaño; costumbres, herramientas y saberes.
¿Qué papel tienen las comunidades rurales, la poda o el reciclaje de madera en tu proyecto?
Empecé a tallar en un pueblito que visitaba de vez en cuando, pero mis dos primeros años se desarrollaron en el centro de Valladolid. Aprovechaba las podas urbanas o los frutales que amigos y familiares descartaban de sus fincas; daba hachazos en un balcón de dos metros cuadrados y acumulaba toneladas de troncos en un piso pequeño. A riesgo de parecer un chalado, iba preguntando a jardineros y conocidos del sector forestal acerca de las cualidades y usos de cada madera que podía conseguir.
Todo nace de la filosofía de “trabaja con lo que tengas”, aceptando limitaciones y exprimiendo materiales y espacios. Cuando me mudé al pueblo me sorprendió observar que aquí es así como se hacen las cosas: cada trozo de madera tiene un uso, ya sea como materia prima o como leña; las herramientas cambian de función y de manos según la tarea a resolver; y la comunidad está por la labor de compartir y autoabastecerse. Lo que me prestas hoy volverá mañana de otra forma.
En la ciudad, en cambio, todo esto parece un hábito olvidado. Nuestras vidas allí van tan deprisa que parece imposible crear despacio.
La poda y el reciclaje son parte esencial del proyecto: constituyen la base de obtención de la materia prima que me permite crear a la contra del derroche y la obsolescencia. Creo que es una fuente sostenible de madera de calidad, sin deforestar ni enriquecer a los grandes bolsillos.
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Has mencionado que las piezas son caras y que vivir solo de ello es complicado. ¿Cómo percibes el valor de tus objetos en un contexto gastronómico? ¿Cuál ha sido la respuesta de chefs, cocineros o personas que compran tus piezas para usar en la cocina?
Digo que son caras porque no hay posibilidad de compararlas con una cuchara industrial; desde luego, no me planteo competir con grandes máquinas ni con diseños idénticos. Por esto, y por la apuesta que supone un negocio de artesanía a día de hoy, decidí tomarme este proyecto como algo que me mantiene tranquilo y satisfecho mientras gano un jornal en el sector forestal.
Últimamente me centro en la recuperación de la cuchara de palo en las mesas a la hora de comer, y no sólo en las cocinas. Aparte de ser más agradables en boca de lo que muchos piensan, nos ahorran alguna que otra quemadura cuando aprieta el ansia y nos sacan del aburrido y monótono menaje del ajuar de la abuela.
En cuanto al feedback, desde el principio ha sido impulso e inspiración. Muchos cocineros, tanto domésticos como profesionales, usan habitualmente algunos de mis palitos. Aunque no suelo aceptar encargos, siempre escucho las propuestas que tienen para mí, y casi siempre originan alguna idea a futuro. Desde plantear una tirada de pequeños cuencos para servir tapas, hasta tablas de corte o utensilios para encurtidos, han sido algunas de las sugerencias.
¿Qué tipos de cocina o tipos de alimento te imaginas usando tus cucharas, y por qué?
Siempre he sido un disfrutón de los platos de cuchara, y si tengo que imaginarme una de las mías en acción, sería sirviendo unas lentejas o vaciando un buen plato de sopas de ajo.
Las postreras siempre me han llamado la atención porque, además de ser un reto por su reducido tamaño, creo que hay pocos sibaritas como los postreros. Me imagino a un gran goloso llevando en el bolsillo de la camisa su cuchara postrera para probar la tarta de queso de tal o cual sitio.
¿Qué diálogo crees que existe entre tu trabajo y otras expresiones artesanales vinculadas a la comida, como la cerámica o la talabartería?
Creo que las propuestas artesanales están ganando fuerza poco a poco, pero debemos tener en cuenta el Creo que las propuestas artesanales están ganando fuerza poco a poco, pero debemos tener en cuenta el nicho. Nunca haremos piezas idénticas entre sí, ni enormes tiradas que todo el mundo pueda tener en sus cocinas; y es precisamente eso lo que añade un valor especial a nuestros oficios: la unicidad de las piezas y el estilo, la desaceleración productiva, la calidad de los materiales y los acabados. En la era de los clones, crear objetos únicos es un acto atrevido y de valor incalculable.
Ceramistas, sopladores de vidrio, cuchilleros, cuchareros, cesteros y tantos otros ofrecemos objetos especiales y cuidamos herencias socioculturales de valor incalculable. Creo que no hay nada en lo que competir, ni con la industria ni entre nosotros. Tampoco hay nada que regatear ni regalar: quien aprecia lo que hacemos sabe lo que compra y lo que vale.
¿Cómo te gustaría ver evolucionar este proyecto en los próximos años, tanto en lo artesanal como en su relación con la mesa y la gastronomía?
Algo que me encanta de este tipo de caminos, es que nunca para de evolucionar, incluso aunque no seamos conscientes a corto plazo. Sin darme cuenta pasa el tiempo y el cesto de piezas acabadas se va llenando de material qAlgo que me encanta de este camino es que nunca deja de evolucionar, incluso aunque no seamos conscientes a corto plazo. Sin darme cuenta pasa el tiempo y el cesto de piezas acabadas se va llenando de material que nunca pensé que podría tallar. Sólo espero seguir en esa línea: despacio y disfrutando del aprendizaje.
Poco a poco voy saliéndome del patrón limitado de las cucharas y empiezo a pensar en piezas más grandes y ambiciosas, también ligadas a la mesa y la cocina. No descarto incluir un pequeño torno entre mis herramientas y concebir el plato como nuevo integrante de la familia, que va creciendo cada vez con menos ira.
Uno de mis proyectos de futuro es centrarme en la divulgación de los entresijos de este oficio, tanto a través de redes como en cursos presenciales. Pero ese será un capítulo que aún se hará esperar algún tiempo, hasta que la infraestructura lo permita.






