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El gusto es suyo con Teresa González, Luis Martínez, Alba Martínez y Miguel Martínez de La Tronera (Villadepalos, León).

Cocina de raíz, huerta propia y una mirada honesta al territorio berciano.

Hoy el camino lo marcan Teresa González, Luis Martínez, Alba Martínez y Miguel Martínez, la familia al frente de La Tronera. Cuatro nombres que sostienen un proyecto pequeño en tamaño, pero muy claro en intención.

Herederos de una forma de entender la cocina pegada a la tierra, su propuesta nace desde el origen y se construye con lo que tienen alrededor. Aquí se cocina para contar de dónde vienen y qué tienen entre manos en cada momento. Su cocina habla de huerta, de producto cercano y de una manera de hacer auténtica y sencilla. Lo suyo no es reinterpretar por tendencia, sino escuchar lo que da el entorno y cocinarlo con sentido.

En plena comarca del Bierzo, Miguel Martínez Novo ha construido, junto a su familia, una cocina honesta y de raíz. En La Tronera, cada elaboración parte de una idea clara: respetar la tierra, la temporada y la tradición culinaria berciana, sin dejar de mirar al presente. Hay técnica, pero al servicio del producto; hay memoria, pero sin rigidez.

Su propuesta gira en torno a un único menú degustación que se construye prácticamente en directo. No hay carta ni estructura fija. Lo que llega a la mesa depende de la huerta propia y de los productores cercanos con los que trabajan. El resultado es una cocina viva, cambiante, que evoluciona con las estaciones y que funciona como un reflejo fiel del entorno.

El proyecto se completa con el espacio. La Tronera comparte edificio con un pequeño hotel rural, lo que convierte la visita en una experiencia más reposada, ligada al tiempo y al lugar. No se trata solo de comer, sino de entender el contexto en el que todo ocurre.

No es casualidad que la Guía Michelin haya reparado en ellos. Más allá del reconocimiento, lo que define a La Tronera es su coherencia: una cocina que se mantiene fiel y que encuentra en lo cercano su mejor argumento.

Botillo Wellington

Las recomendaciones de la familia

Restaurante Serrano (Astorga, León)

Tres generaciones de cocineros trabajando el producto de calidad con muy buen gusto, un gran proyecto de familia ubicado en Astorga”. Así lo definen desde La Tronera, y es que Serrano es una casa que funciona como un mecanismo bien engrasado, donde cada pieza ocupa su lugar.

La cocina es reconocible y precisa, sin altibajos ni concesiones. El relevo generacional no ha roto la identidad, sino que la ha afinado. Se percibe en los tiempos, en el ambiente y en una sala que acompaña con naturalidad. Es uno de esos restaurantes donde todo parece sencillo, pero detrás hay mucho trabajo. Una casa que transmite oficio, continuidad y ganas de seguir avanzando.

Restaurante Cueva Los Poínos (Valdeivmbre, León)

Las bodegas de Valdevimbre tienen un carácter difícil de replicar, y aquí se aprovecha con inteligencia. El espacio condiciona y enriquece la comida. “Cocina tradicional leonesa con gran potencia de sabor y una ubicación privilegiada en una cueva rural en Valdevimbre”.

La frase resume bien el punto de partida, pero la experiencia va un poco más allá. La propuesta se apoya en los clásicos de la zona, con platos reconocibles y sabrosos, pero introduce también guiños más actuales que amplían el recorrido sin romperlo.

Bodega Regia -en La Posada Regia- (León)

La experiencia aquí empieza mucho antes del plato. Ubicado en un edificio histórico en pleno centro de León, el conjunto mantiene ese aire de casa antigua bien conservada, donde todo resulta cercano sin perder el cuidado en el detalle. “De los lugares en los que más acogidos nos hemos sentido en la ciudad de León. Trato excelente y profesional. Hay que probar las croquetas sí o sí”.

La carta recorre la tradición leonesa con acierto, desde los embutidos hasta el lechazo, pasando por platos que apelan a la memoria sin quedarse en ella.

Casa Coscolo (Castrillo de los Polvazares, León)

La repetición aquí no es casual. En Coscolo, el cocido no es solo un plato, es una forma de entender la cocina y el lugar. “De los mejores cocidos maragatos que hemos probado en uno de los pueblos más bonitos de la provincia a de León”.

Un plato que Castrillo convirtió en liturgia y que, desde la época de los arrieros, se sirve al revés: primero las carnes, luego los garbanzos y por último la sopa.

La casa, con más de dos décadas de trayectoria, ha sabido mantener una identidad muy clara. El servicio al revés, como manda la tradición, es solo a costra. Debajo hay un trabajo profundo con el producto: embutidos propios, curaciones cuidadas y una cocina que respeta los tiempos.

Huarique Molino (Vega de Espinareda, León)

Rocío Ascue y Diego Barrús han construido un proyecto con identidad propia, donde la cocina del Imperio Inca se adapta al entorno sin perder carácter. “Cocina peruana en el Bierzo en un antiguo molino restaurado y con una oferta de cócteles sorprendente en el pueblo de Vega de Espinareda”, nos cuentan.

El contraste ya resulta atractivo, pero lo interesante es cómo se resuelve. Hay sabor, hay intención y una propuesta líquida que añade un punto inesperado en un contexto rural a ritmo de rock&roll.

El Fogón de Jesusón (Burgos)

La cocina burgalesa de temporada se abre a técnicas y sabores asiáticos, con especial afinidad por Japón. “Cocina con una fuerte influencia asiática y estupenda calidad en la capital de la provincia”. La base es local, pero la mirada está fuera, y ese cruce es lo que define el proyecto.

El resultado es una carta dinámica, donde conviven platos reconocibles con otros que sorprenden sin perder el equilibrio. También hay un trabajo interesante en la parte dulce, con propuestas que juegan y en sus platos vegetarianos.

Restaurante Lera (Castroverde de Campos, Zamora)

Luis Alberto Lera ha llevado la casa familiar a un terreno donde tradición y técnica conviven sin conflicto. “Desde nuestro punto de vista de los mejores sitios en los que se trabaja la caza”, nos confiesan.

Hay guisos, escabeches y una lectura contemporánea de la cocina castellana que no pierde profundidad. “las judías con liebre son un imprescindible”, anotan. El conjunto es coherente y tiene una personalidad muy marcada, será por ello que suele aparecen habitualmente en esta sección.

Pastelería Julián Arranz (Valladolid)

Este obrador familiar lo funda María Luisa en 1965, pasa después a manos de su hijo en los años 80 y hoy continúa con la tercera generación al frente. Una línea familiar que se traduce en constancia, en saber hacer y en una forma muy clara de entender el oficio.

El producto marca el camino. Las pastas de té son su seña de identidad, delicadas y regulares, pero el trabajo va mucho más allá: bollería, tartas, bombones y una línea de turrones artesanos que combina recetas clásicas con otras más actuales. Todo sale de un obrador donde el tiempo y el proceso siguen teniendo peso.

“Es un sitio que no podemos evitar recomendar. Cada Navidad hacerles un pedido es prácticamente obligatorio”. A veces, una recomendación así dice más que cualquier descripción técnica.

Hay algo en este tipo de sitios que va más allá de lo gastronómico. Funcionan porque forman parte de la memoria de la gente. Porque se repiten. Porque cumplen. Y porque siguen teniendo y siempre tendrán sentido.

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