Isabel es de esas personas que hace algo más que cocinar, crea contextos. Lleva años sosteniendo una manera de estar en la gastronomía como oficio y como espacio relacional. Cocina, sí. Pero también empuja, conecta, escucha y abre caminos.
En Tiempos de Maricastaña no nació para epatar, nació para durar. En pleno Paseo del Espolón, con la Catedral respirando cerca y la ciudad pasando delante, Isabel Álvarez Ribes construyó un espacio amplio, luminoso y vivo, pensado para que la cocina dialogue con quien entra. Aquí no se viene a cumplir un ritual solemne, se viene a comer bien, a entender lo que se come y a volver. Porque Maricastaña tiene eso: la capacidad de hacerse cotidiano sin perder interés.
La cocina que sale de sus fogones es novedosa y atrevida: “cocinar hoy no es olvidar lo de ayer”, dice Isabel, y en esa frase se resume buena parte de su manera de entender el oficio. Respeta la tradición, la conoce, la ha trabajado durante décadas —desde Fábula hasta su etapa al frente de grupos gastronómicos y aulas—, pero no la encierra en una vitrina. La empuja, la cruza con influencias exteriores y la refresca. El resultado es una cocina reconocible, flexible, contemporánea y profundamente honesta.
Maricastaña es, además, un espacio que entiende la gastronomía como algo inclusivo y flexible. La atención a las necesidades alimentarias, la posibilidad de adaptar la mayoría de los platos y la naturalidad con la que se aborda la diversidad en la mesa forman parte de su ética cotidiana.
Pero reducir a Isabel Álvarez a su restaurante sería quedarse corto. Su paso por proyectos anteriores, su etapa como docente, su reconocimiento por la innovación y su papel dentro de Euro-Toques Castilla y León han hecho de ella una figura clave en la construcción de una red gastronómica comprometida con el territorio. Una red hecha de personas, de complicidades y de proyectos que entienden la cocina como cultura viva.
Por eso, cuando Isabel recomienda, dibuja un mapa afectivo y profesional: lugares donde se trabaja bien, donde hay esfuerzo, coherencia y verdad. Esta selección no habla solo de dónde comer, sino de cómo sostener una manera de hacer gastronomía hoy. Esta es su manera de decirnos por dónde late Burgos —y más allá— cuando la cocina se entiende como identidad.

El Huerto de Roque (Burgos)
Isabel habla de El Huerto de Roque con la tranquilidad de quien confía en un lugar que nunca falla. “Sigue con constancia y discreción su buena cocina desde hace muchos años”. Y esa tenacidad, en gastronomía, es una forma de excelencia. Desde 2012, este proyecto ha construido una cocina viva, profundamente ligada al producto de temporada y a la creatividad bien entendida del chef. Tres espacios —restaurante, gastrobar y salón privado— permiten adaptar la experiencia sin traicionar el fondo: aquí se cocina con cabeza, con técnica y con respeto. Un sitio al que volver sin miedo.
El Granero (Burgos)
Más que una tienda, El Granero es un pequeño refugio urbano. Alimentación natural, ecológica y de cercanía convive con un espacio de cafetería donde desayunar, merendar o picar algo con calma. Isabel lo define como “una tienda y cafetería con opción de comida de alimentación natural y ecológica”, pero añade algo más importante: “es un espacio abierto también a proyectos de consumo y se palpa en el ambiente que son bellísimas personas quienes lo regentan”. Y eso se nota. En la forma de atender, de explicar, de compartir.
El Majuelo (Burgos)
En Gamonal, lejos de los focos del centro, El Majuelo crece desde la honestidad. “Un exalumno mío, amante de la huerta y del producto”, dice Isabel, “aprendiendo el trabajo de tener un negocio unido a hacer una cocina casera y buena”. Dos plantas, bar abajo, restaurante arriba, terraza cuando el tiempo acompaña y una carta variada que se mueve entre raciones y platos más reposados. Aquí hay aprendizaje, oficio y una identidad que se va afinando con cada servicio.
La Sastrería (Burgos)
“La Sastrería ya tiene un hueco en la gastronomía burgalesa y muchas ganas de seguir avanzando”. Así lo resume Isabel. Al frente está Alfonso Camarero, que decidió rendir homenaje a sus abuelos sastres dando nombre a un proyecto donde tradición y actualización conviven sin careos. Menús del día a buen precio, callos que se han convertido en plato bandera y una cocina que no renuncia a evolucionar. La recomendación de un solete de Guía Repsol confirma algo que ya se percibe en sala: aquí hay ambición bien entendida.
Pastelería La Dolce Vita (Espinosa de los Monteros)
En Espinosa de los Monteros, La Dolce Vita es memoria viva. “Regentado como se ha hecho siempre, producto y sencillez”. Juan Solana continúa una tradición familiar que suma ya 75 años y cuatro generaciones entre harina, azúcar, miel y mantequilla. Italianas, sobaos y quesadas forman parte del paisaje emocional de la villa y de Las Merindades. Aquí hay oficio heredado, repetido y afinado con el tiempo.
Mesón El Cerrato (Tariego de Cerrato, Palencia)
Podríamos definirlo como un lugar donde la tradición no se queda quieta. “Una referencia de la combinación casera con vanguardia”, asegura Isabel. Bodega subterránea tradicional, cocina de producto y platos que conectan con la raíz: lechazo, morcilla, guisos bien armados. La sopa de ajo cremosa servida en sartén y los postres —creativos sin perder el hilo— explican por qué este lugar trasciende etiquetas.
Heladería GESTO (Burgos)
Isabel sonríe al hablar de Gesto. “Tomarte, por fin, un helado artesano en la ciudad, me alegran mucho las colas que se forman para degustar uno”, nos confiesa. Detrás está Jaime Carazo, joven emprendedor burgalés que ha convertido lo cotidiano en una declaración de intenciones. El nombre lo dice todo: el gesto, el detalle, lo pequeño bien hecho. Helados artesanos que han encontrado su público en la ciudad del frío porque hay verdad en lo que se ofrece.
Sabores Peruanos (Burgos)
“Admiro su esfuerzo por darse a conocer, llegar de otro país a la jungla de la gastronomía y conseguir ese deseado huevo”. El chef Jano Mory trabaja una fusión donde los ingredientes del país inca dialogan con la cocina mediterránea más arraigada. La leña como aliada, la emoción como objetivo. Un proyecto que habla de integración, de riesgo y de perseverancia.
Rarorarium (Burgos)
No todo es comida. Rarorarium es “una tienda especial donde puedes encontrar cucharas de nácar, copas diferentes y tazas originales”. Un gabinete de curiosidades en pleno corazón de Burgos, junto a la Catedral. Objetos que parecen mirarte, piezas con historia, regalos que no son obvios. Isabel lo incluye porque la gastronomía también se construye desde los objetos que la rodean.
Lomar (Burgos)
Cerrar con Lomar no es casual; “se trata de una tienda especializada en ropa para la gastronomía donde por fin las cocineras tenemos una amplia gama de chaquetillas cómodas y donde encontrar grandísima variedad”. Aquí la hostelería se viste con identidad propia. Un proyecto que entiende que el oficio también se dignifica desde lo que se lleva puesto, desde la comodidad y desde el respeto al cuerpo que trabaja.
Isabel Álvarez no recomienda lugares para quedar bien. Recomienda porque cree. Y cuando alguien con su trayectoria señala un camino, conviene escucharlo.
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