LO QUE SE CUECE

Sumiller, la nariz del vino

El concurso regional de sumilleres en Aranda recuerda que una copa también se interpreta.

Un sumiller gira la copa con la misma concentración con la que un músico afina su instrumento. No es un gesto teatral: es una forma de escuchar. El XXVII Concurso Regional de Sumilleres de Castilla y León, celebrado en Aranda de Duero, vuelve a poner sobre la mesa una idea curiosa: el vino no solo se bebe, también se descifra.

La primera vez que alguien intenta explicar un vino suele recurrir a comparaciones un poco extravagantes. Fruta madura, madera húmeda, cuero, especias, tierra mojada. Escuchar esa lista puede provocar una sonrisa escéptica. Pero basta acercar la nariz a la copa para entender que algo de todo eso está realmente ahí.

El vino se comporta como ciertos perfumes mediterráneos: empieza con una nota brillante, casi frutal, y poco a poco deja aparecer aromas más complejos, más tranquilos, como madera que ha pasado demasiado tiempo junto al mar. Esa transformación lenta es parte del encanto.

Ahí entra en juego el sumiller. Durante años su figura se ha interpretado como un lujo del restaurante elegante, una especie de consejero vinícola que aparece cuando la carta se vuelve incomprensible. En realidad su trabajo se parece más al de un traductor cultural. En esta ocasion tenemos los representantes de la final serán Sandra Plana, Luz Salazar, Miguel Cámara, Jaimie John Fieldhouse y Jennifer González.

Una botella de vino contiene mucha información comprimida: clima, suelo, variedad de uva, decisiones del viticultor. El sumiller intenta ordenar todo ese relato y convertirlo en una recomendación que tenga sentido en la mesa. Ni demasiado técnica ni demasiado simple.

Los concursos profesionales, como el que se celebra mañana 10 de marzo en Aranda, funcionan como un gimnasio del gusto. Los participantes deben reconocer vinos a ciegas, explicar su origen, identificar defectos o describir estilos. Desde fuera puede parecer un juego sofisticado. Desde dentro es pura memoria sensorial.

Castilla y León ofrece un terreno especialmente interesante para este ejercicio. El mapa vinícola de la región se ha transformado en las últimas décadas hasta convertirse en uno de los más influyentes del país. Ribera del Duero, Rueda, Toro o Bierzo comparten territorio pero hablan lenguajes muy distintos.

Esa diversidad explica también el protagonismo creciente de los sumilleres. El vino contemporáneo necesita relato. No basta con servir una copa: el comensal quiere saber de dónde viene, qué lo hace especial, por qué combina con ese plato.

El buen sumiller entiende algo fundamental. El vino se disfruta mejor cuando alguien lo explica un poco… y calla lo suficiente. Demasiada información puede arruinar el placer. Demasiado silencio puede dejar la copa sin historia.

Quizá por eso estas competiciones resultan tan reveladoras. Recuerdan que el vino no es solo una bebida. Es un paisaje comprimido en una botella.

Y a veces hace falta alguien con buena nariz para descifrarlo.

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