Cuando la cocina se apaga: ¿qué perdemos si dejamos de cocinar en casa?
Si dejamos de guisar porque “no compensa”, no solo cambiamos hábitos: cambiamos cultura y memoria.
Imagina que dentro de unos años nadie enciende el fuego un martes cualquiera. Que las lentejas llegan en una bolsa térmica, que la tortilla la hace una cocina central y que decidir qué comemos consiste en aceptar lo que una aplicación nos sugiere. Puede parecer cómodo. Puede incluso parecer lógico. Pero hay algo en esa escena que incomoda, como una casa demasiado ordenada en la que ya no huele a nada.
Hace unos días, hablando con mi amiga Pilar, esta fantaseaba con pedir olla podrida o cocido castellano por delivery. Que los guisos de toda la vida, los de chop-chop que manchan la encimera y perfuman la casa, pudieran viajar como un paquete. Nos hacía gracia, sí, pero también había algo inquietante: la tradición vagando en mochila térmica.
La escena no es descabellada. De hecho, ya ocurre. Hay casas de comidas que trabajan con plataformas, hay guisos honestos que llegan calientes a nuestra puerta. La entrega a domicilio no es sinónimo automático de comida basura. Puede sostener negocios pequeños y facilitar la vida en días imposibles. El crecimiento de la comida preparada no solo afecta a la cocina doméstica: también está reconfigurando la hostelería, desplazando el peso hacia cocinas centralizadas, haciendo desaparecer los terceros espacios, marcas virtuales y modelos pensados más para el transporte que para la sala.
En ese contexto, escuchar a Óscar Pierre (CEO de Glovo), en ExpoHIP 2026, que en pocos años pedir será más barato y habitual que cocinar en casa, ahora suena coherente con la tendencia. Al igual que en la mesa redonda Comer sin cocinar. ¿Van a desaparecer nuestras cocinas?, llevada a cabo en el marco de la 24.ª edición de Madrid Fusión. Si sumamos precio de ingredientes, energía, tiempo y desperdicio, cocinar parece perder la partida. La pregunta es: ¿qué estamos midiendo cuando hablamos de rentabilidad?
Pocos obreros han vuelto a casa a comer al mediodía; llevaban táper. Cierto es que ese táper lo hacía alguien, casi siempre una mujer que sostenía la cocina cotidiana sin que se considerara un trabajo. Pero ahora esa mujer también trabaja y dicho recipiente se externalizó: al bar de menú, a la industria alimentaria o a una plataforma digital. Una constatación de que la organización social ha cambiado y, con ella, la forma de alimentarnos.
Hoy cocinar parece más un hobby que una obligación. Lo demuestra algo tan doméstico como la proliferación de airfryers en cocinas pequeñas. Si de verdad cocinar fuera irrelevante, no llenaríamos los armarios de pequeños electrodomésticos que prometen hacerlo más fácil. Quizá no estamos dejando de cocinar del todo, sino desplazando su lugar: menos rutina diaria y más gesto puntual.
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Aculturación doméstica
El problema no es pedir, sino que, al delegar la cocina, dejamos de saber hacer. Si dejamos de cocinar de manera habitual, la transmisión patrimonial mengua. No desaparece de golpe, claro, pero se adelgaza. Y cocinar no es solo producir comida, también es decidir qué producto compras, reconocer la temporada, ajustar tiempos y fuegos. Es formar criterio sin llamarlo así.
Hace años, la cocina de casa funcionaba como un sistema sencillo y suficiente: judías verdes con patata, sopa con fideos, pescado rebozado, arroz blanco con huevo frito. Nada espectacular ni de foto para Instagram. Pero sostenía la semana y enseñaba proporciones, sabores y paciencia. Esa repetición cotidiana construía cultura alimentaria.
Si cocinar se vuelve residual, la cadena de valor se transforma. Los mercados municipales pierden centralidad. La frutería deja de ser lugar de aprendizaje y se convierte en punto de paso. La compra se concentra en grandes proveedores que abastecen cocinas industriales. La artesanía, que antes era humilde y cotidiana, corre el riesgo de convertirse en lujo ocasional.
Al mismo tiempo, los supermercados amplían lineales de platos preparados. Mercadona cerró 2025 con el 27% del mercado y ya alimenta a más españoles que toda la hostelería, según Worldpanel by Numerator. Si el hábito de cocinar se erosiona, también lo hace el interés por elegir la mejor legumbre o el pescado de temporada. Alguien elegirá por nosotros. Y cuando alguien elige por nosotros de forma sistemática, el poder se concentra en menos manos.
También cambian las casas. Si cocinar es excepcional, la cocina se reduce: una placa pequeña, un microondas, espacio para almacenar lo que llega hecho. Las cazuelas estorban. La despensa pierde sentido y el espacio doméstico se adapta a la renuncia.
El tiempo que se gana y lo que se pierde
El argumento central es el tiempo. Comprar, planificar, limpiar. En jornadas laborales largas y ciudades aceleradas, pedir puede ser un alivio real; sería hipócrita negarlo. Estamos desbordados para leer y guisar pero pasamos 1 hora y 17 minutos de media en redes según Qustodio.
Pero el tiempo de la cocina no es un vacío improductivo. Es tiempo de aprendizaje y de relación. No hace falta idealizar la cocina de la abuela dado que muchas veces era rutinaria y simple. Pero era nuestra. Se pensaba, se decidía, se acudía donde la vecina, se ajustaba al presupuesto de la familia y se hacía con lo que había.
Cuando decimos que cocinar no compensa, estamos diciendo que el tiempo dedicado a algo que no genera dinero es tiempo perdido. Es una idea profundamente contemporánea y también muy discutible.
Además, el debate no es solo cultural. Si comemos menos en casa y más productos listos para consumir, conviene preguntarse qué impacto tiene eso en nuestra salud. Las cifras de obesidad infantil no invitan precisamente a la autocomplacencia. Cocinar menos no implica necesariamente comer peor, pero tampoco es una cuestión objetiva.
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Mejorar sin desaparecer
Nada de esto implica demonizar el delivery. Las plataformas cumplen una función y pueden incluso mejorar: trabajar con productores locales, reducir envases, garantizar condiciones laborales justas, ofrecer platos tradicionales bien ejecutados. El problema no es la herramienta, pero convertirla en horizonte único empobrece la experiencia.
La discusión no debería radicar en si pedimos o no. Debería ser cómo integramos la tecnología sin renunciar a la práctica. Porque si aceptamos sin más que cocinar deja de tener sentido, asumimos también que la experiencia sensorial, la memoria culinaria y la autonomía son prescindibles.
Quizá dentro de unos años podamos pedir un guiso impecable, en su punto exacto y listo para servir. Pero si nadie sabe por qué se pone esta verdura antes que otra, o qué hace que un plato sea de una región y no de otra, habremos ganado comodidad y perdido espesor.
Es un llamado a integrar, a no delegar del todo. A permitir que el delivery conviva con la cocina casera, no que la sustituya. Comer es organizar la vida alrededor de algo tan básico que parece invisible. Cuando alguien afirma que pronto dejaremos de cocinar, conviene preguntarse si lo que está en juego es solo un modelo de negocio o una manera de estar en el mundo que no puede externalizarse sin pérdida.
La cocina doméstica necesita espacio, necesita tiempo, necesita reparto justo de tareas. Necesita que no la declaremos obsoleta antes de pensar qué perdemos con su desaparición. Podemos apagar los fogones por eficiencia, por prisa o por comodidad.
O podemos decidir que seguir cocinando, aunque sea menos y mejor repartido, es una forma de conservar criterio y participar en la cadena que nos alimenta.
Y quizá la pregunta más importante no sea si pediremos más o menos, sino ¿en qué momento dejamos que nos cocinaran nuestra forma de vivir?






