Los siete pecados capitales del cliente moderno.
Pequeña teología de barra y mantel para tiempos de prisa, ego y exceso de opinión.
Comer fuera no va solo de alimentarse, sino de saberse comportar, y ahí fallamos más de lo que creemos: entre prisas, egos y ganas de protagonismo, los viejos pecados capitales se sientan a la mesa. Si Freud levantara la cabeza, pediría la cuenta antes del postre.
Llevamos ya unos cuantos años tratando de estar a la altura de la burbuja gastronómica: catas para entender el vino, talleres para dominar el canapé y quedar “como Dios” ante nuestros invitados.
Las librerías rebosan manuales que prometen domesticarnos. Nos dicen cómo sentarse, doblar la servilleta o no hacer el ridículo con un tenedor de pescado. Desde La mesa y los buenos modales, de Sánchez Marchori, pasando por El arte de la buena mesa. Protocolo y sugerencias decorativas, o los didácticos volúmenes de Cómo comportarse en la mesa; todos comparten una misma fe, casi ingenua, en que la civilización cabe en un gesto bien medido.
En paralelo a esa pedagogía algo se ha torcido. Hemos sofisticado el discurso gastronómico mientras descuidábamos lo esencial. Con la comida como epicentro de lo mainstream parece que sabemos mucho de producto, de técnica, de territorio, pero hemos olvidado lo básico: cómo comportarnos. Como en el amor, donde también abundan los decálogos y escasea la práctica. La etiqueta gastronómica se ha tornado una religión de ritos minúsculos y pasiones enormes. Y, sin embargo, cuando cruzamos la puerta de un bar o restaurante, nos convertimos en herejes de manual.
Voy a empezar por la soberbia porque es, probablemente, el más extendido y el que, cada vez, cuesta menos detectar. Hablo del cliente que no entra en un restaurante, lo conquista. De los que no esperan a ser atendidos y que tratan al camarero como a un vasallo. Es el que escucha a medias porque ya lo sabe todo, el que alza la ceja e introduce una indeseada recomendación. El que convierte la comida en una demostración de criterio y hasta el que puntúa platos. Pocas cosas resultan más vulgares. Y, sinceramente, como bien dicen los Punsetes en su canción “a nadie le interesa conocer tu opinión de mierda”.
Lo mismo sucede con el territorio sagrado del vino donde el ego fermenta rápido. Delegar la elección en el anfitrión es un acto de confianza; arrebatarle la carta y pontificar es una horterada con denominación de origen. Al igual que cuando este encomienda la responsabilidad que le corresponde al vecino. El soberbio no degusta, sentencia. Y si el vino no está a la altura de su ego, es cuando asoma la ira.
La soberbia también se percibe en el saludo que no vuelve y la ausencia de “por favor” y “gracias”, en el gesto de superioridad tácita, en la vulgaridad de “esto lo hago mejor en casa”. Como si el restaurante fuera un escenario montado exclusivamente para su juicio crítico. Pero en la mesa —como en la vida— el que más sabe rara vez necesita decirlo.
La avaricia, en cambio, se reconoce en el cálculo. Y no me refiero al dinero, sino en cómo se vive la experiencia. Es el cliente que mide cada plato, que comparte por estrategia, que convierte el acto en un outlet gastronómico por esa hambre de gangas y un “que no falte de nada, aunque sobre todo”.
Y entonces llega la cuenta. Silencios tensos, gestos de sorpresa, calculadoras mentales, la división quirúrgica del euro. Y la propina que, en ese contexto, deja de ser una seña para convertirse en un síntoma. O peor, en un insulto.
No hay mayor indicio de codicia que querer ser el centro del universo del camarero, exigir presencia constante, pero luego no valorarlo. Como si el servicio fuera un derecho natural y no un intercambio. No hablo de monedas sino de cuánto se ha entendido —o no— que al otro lado hay un oficio.
Más sutil, pero igual de reveladora, es la lujuria. Hubo un tiempo en que sabía al “cigarrito de después”. Pero también es el deseo de abrazar la excitación constante: comer, beber, fumar. “Venga, ¿nos pedimos otra?”, aunque veamos que están barriendo. Un hedonismo nervioso que confunde placer con ansiedad. No es tanto el exceso como incapacidad de sostenerlo. ¿Disfrutamos o simplemente vamos encadenando estímulos?
La lujuria en sala no siempre es sexual, aunque a menudo se disfrace como tal. Es un error frecuente confundir el buen ambiente con una invitación a todo. Ese “oye, guapa” que no viene a cuento. Esa mezcla confusa entre entorno y escenario, entre hospitalidad y falsa complicidad. Ese coqueteo incómodo y esa lectura equivocada de la cercanía como si fuera la antesala de un “final feliz”.
También aparece el clásico fanfarrón, que eleva la voz no para aportar, sino para ser escuchado por la mesa de al lado. Más que disfrutar, necesita ser visto disfrutando. Ese “mírame” constante que lo contamina todo. Porque la lujuria contemporánea no se limita al placer: busca validación. Y rara vez se consigue ni lo uno ni lo otro.
A esa deriva le sigue de cerca la envidia. Entra de puntillas, pero se instala con rapidez. Llega con los platos, se clava en la mirada y se delata en una frase: “tiene mejor pinta el tuyo”. En ese instante sucede algo aterrador: uno deja de habitar su elección para proyectarse en la del otro. ¿Hay mayor renuncia que dejar de disfrutar lo propio por imaginar lo ajeno?
El comensal envidioso no saborea su decisión porque siempre cree que hay algo mejor a un metro de distancia. El acto de comer se convierte en una suma frustrante de renuncias imaginarias. En el fondo, como los celos, es una forma de inseguridad. Elegir implica descartar, pero también comprometerse con lo elegido. Y no hay peor comensal que el que nunca termina de estar donde tiene que estar.
La gula, por su parte, ya no es solo exceso sino ansiedad. En su versión contemporánea, se disfraza de foodie versado. Mesas repletas de platos que nadie termina, pedidos impulsivos guiados por una pulsión más estética que por apetito real, la acumulación para diseñar un museo de lo comestible. Ese “probarlo todo” que, paradójicamente, impide disfrutar de nada.
Pero también hay gula en la prisa. Comer rápido, sin pausa, como si la práctica tuviera que resolverse cuanto antes. Y en ese tragar atropellado no se masca la comida.
El vino, de nuevo, es campo fértil para el exceso. Beber mucho y mal desemboca en una suerte de resaca moral. No hay mayor tristeza que arruinar una buena comida por pasarse de rosca. La euforia desbordada suele terminar en gritos y salidas de tono que convierten la sobremesa en un espacio sin piedad ni esperanza.
La ira aparece cuando la expectativa no se cumple. Tiene algo de tragedia griega en la que el camarero es el antagonista. A veces está justificada: un error grave, un trato inadecuado. Pero tantas otras nace de la soberbia, de la impaciencia y de la incapacidad para aceptar el ritmo ajeno. “Llevo media hora esperando”, protesta quien apunta al reloj cuando acaba de cruzar la puerta.
A esa reacción se suma una variante contemporánea: el rencor. No se dice nada en el momento, pero se castiga después en forma de reseña. Se evita la conversación directa para optar por una reclamación en diferido. La queja no es el problema; lo es la falta de honestidad en la manera de expresarla.
No siempre hace falta un conflicto abierto. A veces basta una incomodidad difusa para que el cliente empiece a buscar el fallo y el camarero a anticiparlo. Se entra entonces en una espiral en la que nadie gana. Como en tantas relaciones, hay mesas que no funcionan. Pero entre el enfrentamiento y el desinterés existe un territorio intermedio: el de la conversación.
Queda, por último, la pereza, que a menudo se disfraza de cortesía pero en realidad encubre desinterés. “Lo que tú quieras”, “yo fluyo”, ergo no elegir, no implicarse, no atender. En esa misma lógica se inscribe llegar tarde sin avisar, dilatar el ritmo de los demás como si fuera elástico, o sentarse a la mesa para ausentarse enseguida en el móvil.
La desidia del que delega por completo y, aun así, exige que todo encaje. Y en esa contradicción la mesa pierde su sentido: deja de ser un lugar compartido para convertirse en un espacio que otros deben sostener.
Al final, todo es más sencillo de lo que parece. Podría hacer el listado de los 10 mandamientos del buen comensal, pero basta con entender que al otro lado hay alguien trabajando, que espera la misma reciprocidad que uno exige para sí mismo.
Tampoco conviene dramatizar porque hay días en los que el saludo vuelve, el vino se comparte, la mesa se convierte en conversación. Y uno sale pensando que, quizá, la gastronomía no va solo de comer bien, sino de estar bien con otros mientras se come.






