El latido amarillo de Castilla y León que quiere conquistar el mundo en Alimentaria.
Tierra de Sabor despliega músculo en Alimentaria Barcelona con una puesta en escena que mezcla negocio, identidad y cocina en directo
En una feria donde todo compite por atención, Castilla y León opta por una fórmula que combina músculo empresarial y cocina en vivo. Menos discurso grandilocuente y más producto puesto en escena.
Hay ferias en las que el volumen lo ocupa todo y otras en las que importa más el cómo que el cuánto. Alimentaria Barcelona se mueve en ese punto intermedio. Es grande —mucho—, pero también exige precisión. Castilla y León llega con cifras contundentes, sí, pero sobre todo con una puesta en escena pensada para funcionar en ese entorno: ordenada, reconocible y con margen para explicar lo que hay detrás.
La comunidad participa con 94 empresas y 26 figuras de calidad, dentro de un espacio que ronda los 2.000 metros cuadrados. La Junta asume una inversión de 1,16 millones de euros para facilitar la presencia agrupada y gratuita de productores, asociaciones y consejos reguladores. No es un detalle menor: permite que estructuras pequeñas puedan estar donde, de otro modo, no llegarían.
Ese despliegue se reparte entre distintos pabellones, con más de un centenar de expositores. El objetivo es claro y bastante clásico en este tipo de citas: abrir mercado, consolidar relaciones comerciales y reforzar una idea que Castilla y León lleva años intentando fijar fuera de su territorio, la de potencia agroalimentaria asociada a calidad.
Pero si algo cambia en esta edición es la forma de contarlo. La actividad comercial sigue siendo el eje —con miles de reuniones previstas y compradores internacionales que superan la mitad de los invitados—, pero el esfuerzo se desplaza también hacia la interpretación del producto. A hacerlo entendible.
Ahí entra el programa gastronómico, que gana peso y orden. Durante las cuatro jornadas de feria, el espacio dedicado a cocina en directo articula una secuencia bastante clara: un chef por día, una mirada distinta y una serie de elaboraciones construidas a partir de productos presentes en el propio stand.
El 23 de marzo abre Víctor Martín, al frente del restaurante Trigo, en Valladolid. Su cocina, muy pegada al producto y con una técnica contenida, encaja bien en este tipo de escenarios donde no se trata de impresionar sino de explicar. Le sigue, el día 24, Adrián Asensio, desde Cuzeo en Zamora, con una propuesta que suele moverse entre lo reconocible y pequeños giros contemporáneos.
El 25 de marzo es el turno de Diego Sanz, del restaurante Caleña, en Ávila, y el cierre, el día 26, queda en manos de Javier Rodríguez, de Delirios y Tapas, en León. Cuatro perfiles distintos, pero con un hilo común: trabajar con producto cercano sin convertirlo en un ejercicio de nostalgia.
En total, más de veinte elaboraciones que funcionan casi como catálogo en movimiento. No son platos pensados para quedarse en la memoria por su complejidad, sino por su capacidad de traducir ingredientes. De hacerlos comprensibles para alguien que, probablemente, los ve por primera vez.
Ese matiz es importante. En Alimentaria no todo el mundo comparte códigos gastronómicos. Lo que en Castilla y León es cotidiano —una legumbre concreta, un embutido, un tipo de carne— fuera puede resultar completamente ajeno. La cocina en directo acorta ese salto. Permite visualizar usos, aplicaciones y posibles adaptaciones.
Por primera vez, además, se abre ese espacio a las propias empresas en horario de tarde. Durante los tres primeros días, varias de ellas utilizan el mismo escenario para mostrar qué se puede hacer con sus productos. Es un movimiento interesante: desplaza parte del foco del chef al productor y convierte la cocina en una herramienta comercial más directa.
Mientras tanto, la feria sigue su ritmo paralelo. Alimentaria espera superar los 110.000 visitantes de más de 120 países, con miles de encuentros profesionales ya programados. Es ahí donde se decide buena parte de lo importante, aunque no se vea. Contactos que a veces cristalizan meses después, pedidos que empiezan como una conversación rápida.
En ese contexto, la imagen importa. Y Castilla y León intenta ordenar la suya. Durante años ha construido un sistema sólido de calidad diferenciada, pero no siempre ha sido fácil trasladarlo fuera. Demasiadas etiquetas, demasiadas capas. Aquí el esfuerzo pasa por simplificar sin perder rigor.
También hay espacio para movimientos más laterales. La presencia de un expositor vinculado al acuerdo con la Real Federación Española de Fútbol introduce un elemento distinto. El producto se asocia a un imaginario más amplio, menos ligado exclusivamente a la gastronomía. Un intento de conectar con otros públicos.
Aun así, lo que termina pesando es lo esencial. El producto sigue siendo el centro de todo. Y ahí Castilla y León juega con ventaja: una despensa amplia, reconocible y con cierto recorrido en mercados exteriores. Vinos, carnes, quesos, legumbres. No hay necesidad de reinventar, pero sí de ajustar el lenguaje.
La feria funciona, en ese sentido, como un filtro bastante útil. Permite ver qué genera interés real, qué necesita adaptación y qué se queda atrás. No todo se traduce en ventas inmediatas, pero sí en información. Y eso, en un sector cada vez más competitivo, vale casi tanto como un pedido.
Durante cuatro días, Barcelona se convierte en ese punto de encuentro donde todo esto se pone a prueba. Castilla y León llega con producto, con chefs y con una estructura que intenta sostener ambos. Sin grandes gestos. Con la intención, más simple y más difícil a la vez, de que se entienda lo que hace. Y de que, después, alguien quiera comprarlo.






