El hombre que convirtió seis vinos en una vida.
Roberto Durán convierte una cata maridaje en una noche que emocionó a Burgos.
Roberto Durán, primer Master Sommelier español, convirtió dos noches en Tiempos Líquidos en una confesión íntima sobre la obsesión, el fracaso y la disciplina callada detrás del vino.
En la penumbra cálida de Tiempos Líquidos Wine Room, mientras las velas dibujaban sombras sobre las copas y el silencio de la sala se rompía únicamente por el sonido preciso del cristal al apoyarse sobre la mesa, Roberto Durán no habló solo de vino. Habló de ansiedad, de disciplina, de soledad. De noches estudiando mapas imposibles y de una derrota que estuvo a un punto de destruir un sueño de veinte años. Durante las noches del 22 y el 23 de mayo en Burgos, el primer y único español en alcanzar el título de Master Sommelier transformó una cata maridaje en algo mucho más humano: una autobiografía líquida servida en seis vinos.
No parecía una cata. Tampoco una masterclass. Había algo casi cinematográfico en el ambiente. Las mesas, pequeñas y cercanas, reunían a una comunidad muy concreta: profesionales capaces de reconocer un suelo, una añada o una región con apenas acercar la nariz a la copa. Nadie hablaba demasiado alto. Nadie parecía tener prisa. Las botellas pasaban de mano en mano con la delicadeza con la que se toca un Stradivarius «Mesías».
Algunos asistentes se levantaban para observar las etiquetas de cerca. Otros sostenían las copas en silencio mientras escuchaban. Laura y Diego dirigían el servicio con una precisión elegante y acompasada, llenando cada copa en el momento exacto y retirando cada plato sin romper nunca el ritmo de la conversación. Había algo profundamente íntimo en aquella sala. Como si todos los presentes entendieran que estaban asistiendo a algo irrepetible. Porque aquello no iba realmente de vino. O al menos no solo de vino.
Roberto Durán había estructurado la noche como un recorrido vital dividido en seis estaciones íntimas: la ilusión, la inseguridad, la ambición, la obsesión, la madurez y el renacer. Cada vino funcionaba como detonante narrativo, como una puerta abierta a una etapa concreta de su vida. No se trataba únicamente de catar grandes botellas, sino de entender el desgaste físico, mental y emocional que se esconde detrás de la excelencia. El vino aparecía como memoria líquida, como una forma de nombrar todo aquello que normalmente permanece oculto bajo el brillo del servicio perfecto.

La primera copa llegó acompañada de un Champagne Marguet Grand Cru Shaman Brut Nature y una anchoa con mantequilla sobre pan tostado. Roberto habló entonces de sus primeros años trabajando en restaurantes Michelin, primero en Mallorca, después en Barcelona. La presión constante. El ritmo salvaje de los servicios. Las doce horas sosteniendo la concentración hasta la última mesa de la noche. “La excelencia no es glamour”, dijo mientras el champagne tensaba el paladar de la sala con una acidez afilada y eléctrica. “La excelencia es repetición”. Y de repente aquel vino dejó de ser celebración para convertirse en otra cosa: la representación exacta de alguien persiguiendo un nivel que todavía siente inalcanzable.
La sala permanecía completamente callada. No era el silencio reverencial de las grandes catas donde el protagonista absoluto es la botella. Era otro tipo de atención. Más emocional. Más humana. Porque Durán hablaba desmontando constantemente la idea romántica que suele rodear al vino y a la alta gastronomía. No hablaba de lujo, sino de agotamiento, de disciplina extrema, de abrir una botella perfecta cuando el cuerpo ya no responde. Y quizá por eso el público conectaba tan rápido con el relato. Porque muchos de los presentes reconocían perfectamente esa sensación.
El segundo vino apareció con menos electricidad y más duda. Un Chenin Blanc del Loira servido casi como una pregunta lanzada a los asistentes. Anjou Ronceray Château Plaisance 2021. Roberto dejó que los asistentes jugaran durante unos minutos a identificarlo a ciegas. Miradas rápidas. Susurros. Narices hundidas dentro de las copas buscando una respuesta. La atmósfera se tensó ligeramente. Y entonces explicó que precisamente de eso trataba aquella etapa de su vida: de la inseguridad constante, de la sensación de que siempre hay alguien que sabe más que tú.
Habló del Campeonato de España de Sumilleres de 2014 y de la experiencia de entrar en una sala llena de profesionales a los que admiras mientras intentas convencerte de que perteneces a ese lugar. “Cuando llegas arriba”, dijo, “te das cuenta de que todavía no estás ahí”. La frase quedó flotando sobre las mesas mientras algunos asistentes seguían girando lentamente el vino dentro de la copa. Y entonces todo empezó a encajar. Porque aquel Chenin Blanc tampoco buscaba gustar fácilmente. Era un vino serio, vertical, profundo. Un vino que necesitaba tiempo. Igual que la confianza en uno mismo.
Su etapa en Londres apareció en la tercera copa como aparece una ciudad que te rompe y te construye al mismo tiempo. El Bourgogne Côte d’Or de Maison de Antoine Petit tenía algo afilado, preciso, casi severo. Roberto recordó entonces sus años trabajando en uno de los clubes de vino más importantes del mundo junto al CEO europeo del Court of Master Sommeliers. Veintiún sumilleres trabajando juntos. Todos queriendo destacar. Todos intentando convertirse en el mejor. Lo contaba sin nostalgia, más bien como quien recuerda una etapa de supervivencia emocional dentro de una ciudad ferozmente competitiva.
Mientras hablaba, la noche avanzaba sin que nadie pareciera notarlo. Las velas seguían consumiéndose lentamente. Las botellas abiertas empezaban a multiplicarse alrededor de la sala. Algunos asistentes tomaban notas rápidas. Otros simplemente escuchaban con la copa semialzada. Lo fascinante era comprobar cómo el vino dejaba de ser objeto de culto para convertirse en lenguaje.
La noche alcanzó su punto más intenso con el Spätburgunder “3rd” de Daniel Twardowski. El vino de la obsesión. Roberto empezó entonces a describir los años de preparación para el Court of Master Sommeliers como una especie de entrenamiento mental extremo. Dormir cuatro horas. Memorizar mapas, climatologías y regiones imposibles. Estudiar en inglés hasta la madrugada cuando ese idioma nunca había formado parte de su vida. “Imprimía, subrayaba, resumía y volvía a escribir todo siete veces”, contó. Había algo físico en la manera de narrarlo, todavía conservara el agotamiento de aquellos años.
El paralelismo con el productor alemán era perfecto. Un hombre que arrancó viñedos históricos para plantar Pinot Noir en una zona donde todos le dijeron que estaba loco. Obsesión contra lógica. Fe contra tradición. Roberto hablaba de él como si hablara también de sí mismo. Porque toda la noche giraba alrededor de esa idea: las personas que dedican su vida entera a perseguir algo que quizá nunca llegue. Detrás de cada botella se descubría la vulnerabilidad humana.
Y entonces llegó la madurez. Marsannay “Cuvée Cécile” de Michel Naddef. El momento en el que el reconocimiento dejó de importar tanto como las personas. Roberto habló de su posición 41 del mundo como una lección. Porque después de años obsesionado con llegar más lejos, entendió que ser sumiller no consiste únicamente en identificar un vino en una cata ciega. Consiste en construir experiencias capaces de permanecer en alguien mucho después de vaciar la copa.
Un Barolo Crissante Alessandria 2020. El fracaso y el sueño. Roberto bajó ligeramente la voz y la sala pareció recogerse sobre sí misma. Contó cómo en 2022 suspendió el examen definitivo de Master Sommelier por un solo punto. Setenta sobre cien. Necesitaba setenta y uno. Después de años de preparación absoluta. Después de convertir el estudio en una forma de vida.
Describió la escena posterior al examen con una precisión dolorosa: tres Masters Sommeliers frente a él, en una sala aparte, y la sensación devastadora de tener que empezar de nuevo desde cero. Y entonces dejó caer una frase que atravesó la estancia: “No sé cuánto me costará, pero sé que algún día lo lograré”.
En ese momento el título dejó de ser lo importante. Tampoco el prestigio. Lo verdaderamente relevante era comprender el precio de ciertas formas de excelencia. La cantidad de renuncias, soledad y resistencia necesarias para seguir adelante después de fracasar tan cerca de la meta. Cuando Durán consiguió finalmente el título en 2025, convirtiéndose en el primer español en lograrlo, probablemente ganó algo más que un reconocimiento profesional. Ganó la posibilidad de contar la historia completa. También la parte incómoda, la de la herida.
Incluso cuando la cata terminó, muchos asistentes permanecieron en el local, alargando la conversación como quien prolonga una sobremesa con alguien cercano. Y entonces dejó flotando una última reflexión. Todos tenemos seis vinos en nuestra vida. Seis momentos que nos cambian. Seis etapas que nos rompen o nos empujan. Seis personas. Seis lugares. Seis fracasos. Seis victorias capaces de explicar quiénes somos.
Y quizá por eso nadie salió hablando únicamente de Champagne, Borgoña o Barolo. La pregunta que se llevó cada uno a casa era otra, mucho más íntima: ¿cuáles son los vinos de nuestra vida?
