Montagud Green Party: cuando la cocina se reconoce a sí misma.
La palabra cocina el legado.
Los Premios Montagud celebran en Madrid una gastronomía que se piensa, se discute y se reconoce entre iguales.
La gastronomía española no necesita proclamarse en mayúsculas para saberse influyente. A veces basta con reunirse, escucharse y conceder valor al trabajo bien hecho. La noche del 25 de enero, en el Salón Real del Casino de Madrid, los Premios Montagud propusieron exactamente eso: una pausa para reconocer el legado contemporáneo de la cocina desde dentro.
El Salón Real del Casino de Madrid impone silencio incluso antes de que empiece nada. No por solemnidad, sino por historia. Es un espacio que obliga a bajar el tono. Y quizá por eso funcionó como escenario para una gala que no pretendía ser un acto de reunión. La cuarta edición de los Premios Montagud eligió ese lugar para poner en común algo más difícil de verbalizar que una lista de ganadores: el estado actual de la cocina española cuando se mira a sí misma.
Más de 300 profesionales del sector —cocineros, sumilleres, editores, productores, marcas— compartieron una noche que mezcló celebración y conversación. Música, producto, copas bien servidas y platos reconocibles. Nada fuera de lugar. La fiesta, bautizada como The Green Club Party, avanzó sin prisas, con esa sensación poco habitual de que no había que demostrar nada, simplemente una cocina que dialogaba.
Montagud, editorial especializada en gastronomía, puso en marcha estos premios en 2023 con una idea sencilla y poco frecuente: que fueran los lectores quienes votaran. Lectores que, en su mayoría, forman parte activa del sector. Profesionales que leen, que comparan, que discuten. Ese matiz cambia el enfoque. El reconocimiento deja de ser vertical y se convierte en horizontal. No es un jurado que observa desde fuera, sino una comunidad que se reconoce.

El peso del tiempo y la vigencia del oficio
El premio a Chef del Año fue para Albert Adrià, al frente de Enigma, en Barcelona. Es un galardón a una trayectoria que ha sabido reformular el lenguaje de la alta cocina contemporánea sin repetir fórmulas. Enigma es un restaurante que exige atención y devuelve preguntas. Adrià, desde una madurez creativa poco común, sigue incomodando con elegancia.
En la misma línea de lectura generacional, el reconocimiento a Chef Joven del Año recayó en Chus Manzano, de Casa Marcial, en Asturias. Manzano representa una generación que hereda un legado sólido y lo actualiza desde la sensibilidad, el producto y el paisaje. Una cocina que no necesita levantar la voz para hacerse escuchar.
La sala como relato, el vino como lenguaje
Uno de los mensajes más claros de esta edición fue la reivindicación de la sala como espacio narrativo. El premio a Sumiller del Año distinguió a Maikel Rodríguez, del restaurante Iván Cerdeño, en Toledo. Su trabajo destaca por la precisión, pero también por la capacidad de traducir el vino a un lenguaje accesible sin banalizarlo.
El galardón a Mejor Sala del Año fue para el Restaurante Bascoat, en Madrid. Un premio colectivo que subraya algo esencial: la experiencia gastronómica no termina en la cocina. Empieza y acaba en el trato, en el ritmo, en la escucha y en la empatía.
Producto tratado con conocimiento
El reconocimiento al Mejor Tratamiento de la Carne fue para La Tasquería, de Javi Estévez. Un premio que habla de respeto, de técnica y de aprovechamiento. Cocinar carne hoy implica tomar decisiones éticas además de culinarias. Estévez lleva años demostrando que el producto se honra cuando se entiende en su totalidad.
En el ámbito marino, el Mejor Tratamiento del Pescado recayó en Los Marinos José, en Fuengirola. Un restaurante que ha construido su prestigio desde el conocimiento profundo del mar, sin necesidad de reinterpretaciones forzadas. Aquí, la modernidad pasa por saber esperar el momento exacto del producto.
La sostenibilidad, tantas veces vaciada de contenido, encontró un reconocimiento coherente en Venta Moncalvillo, premiado como Proyecto Más Sostenible del Año. Aquí la sostenibilidad no es un relato añadido, sino una consecuencia lógica de una cocina ligada al huerto, al entorno y a la temporalidad real.

Premios que miran más allá del escenario
Entre los Premios Especiales Montagud, destacó el otorgado a Aitor Zabala, chef de Somni, en Los Ángeles. Primer cocinero español en lograr tres estrellas Michelin fuera de España, su reconocimiento habla de proyección internacional, pero también de identidad: cocinar lejos sin diluir el origen.
El otro premio especial fue para Salsa de Chiles, el blog de Carlos Maribona, un espacio que durante años agitó el panorama gastronómico español dando voz a los lectores y foco a restaurantes fuera del radar. Un reconocimiento a la crítica independiente cuando aún tenía tiempo y espacio para ejercer como tal.
Oficios que sostienen la mesa
La noche también reservó espacio para oficios fundamentales. Paco Torreblanca fue reconocido como Mejor Pastelero del Año, una figura imprescindible para entender la pastelería española contemporánea. Xevi Ramon, de Triticum, recibió el premio a Mejor Panadero, reivindicando el pan como alimento cultural.
También hubo espacio para una pastelería que entiende el postre como cierre reflexivo del menú. El premio a Mejor Pastrychef del Año fue para Xavi Donnay, jefe de pastelería de Lasarte, en Barcelona. Su trabajo destaca por una precisión técnica al servicio del sabor, por el equilibrio constante entre clasicismo y contemporaneidad.
El premio al Mejor Tratamiento del Cóctel fue para Salmon Gurú, en Madrid, donde la coctelería se entiende como cocina líquida, con técnica, concepto y relato propio.
El Mejor Restaurante Familiar del Año fue para El Celler de Can Roca, una constatación de que la excelencia también se hereda y se cuida. Mugaritz, reconocido como Restaurante Más Innovador, volvió a ocupar ese lugar incómodo y necesario donde la cocina se cuestiona a sí misma.
El premio a Institución del Año recayó en la Guía Michelin España, por su influencia persistente en el ecosistema gastronómico, con todo lo que eso implica.
La gala estuvo conducida por Javi Antoja, director creativo de Montagud, con una intervención medida, sin protagonismo excesivo. Como correspondía. Porque esta noche no trataba de discursos, sino de constatar algo sencillo y complejo a la vez: que la cocina española sigue construyendo legado cuando se permite detenerse y reconocerse.

