Burgos, donde empieza el origen.
Burgos, Capital Iberoamericana de la Gastronomía de los Orígenes 2026: tradición, territorio y producto.
La ciudad se prepara para ser Capital Iberoamericana de la Gastronomía de los Orígenes en 2026 con un discurso que reivindica el producto, el territorio y el tiempo como formas de cultura.
La ciudad se prepara para ejercer como Capital Iberoamericana de la Gastronomía de los Orígenes en 2026 con un discurso que apela al territorio, al producto y a una idea de vanguardia construida desde el pasado. Por eso resulta coherente —aunque todavía no oficial— que la ciudad se encamine hacia la Capital Iberoamericana de la Gastronomía de los Orígenes en 2026. Una confirmación de una forma de entender la cocina que se apoya en el territorio, en el tiempo y en una tradición que no necesita exagerarse.
El punto de partida se fijará en la próxima edición de Fitur, entre el 21 y el 25 de enero en Madrid, donde Burgos defenderá su candidatura bajo el lema: Tradición y Territorio. Dos palabras que, aquí, no funcionan como eslogan sino como marco mental. La tradición no como un decorado inmóvil, sino como una práctica viva; el territorio no como paisaje, sino como condicionante real de lo que se produce, se cocina y se come.
La decisión fue trasladada por Rafael Ansón, presidente de la Academia Iberoamericana de Gastronomía, a la Federación de Hostelería de Burgos, culminando un año de conversaciones discretas y un proyecto trabajado sin hacer ruido. Burgos no ha prometido una cocina espectacular ni una revolución estética: ha defendido justo lo contrario, que la verdadera vanguardia no surge de la ruptura, sino de una comprensión profunda de lo heredado.
Desde la Federación, su presidente, Enrique Seco, habla de orgullo, pero también de oportunidad. No solo por el impacto directo de la capitalidad, sino por su encaje en una estrategia más amplia: la candidatura de Burgos a Capital Europea de la Cultura 2031. La gastronomía aparece aquí no como un complemento amable, sino como una herramienta cultural de primer orden. Comer como forma de cultura compartida.
El plan de acción que acompaña a la capitalidad implicará a los chefs locales, incluidos aquellos con Estrella Michelin, con la intención de mostrar una cocina que dialogue entre lo aprendido y lo nuevo. La premisa que sostiene el discurso es clara: la tradición es la historia que no siempre se cuenta, y la vanguardia es, en ocasiones, el lenguaje que permite hacerlo sin traicionarla. Bajo esta lógica, el territorio —con sus circunstancias históricas, ambientales y productivas— se convierte en el factor que explica la cocina, no en un simple telón de fondo.
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La Academia Iberoamericana de Gastronomía se ha comprometido, además, a potenciar Burgos como destino entre la población iberoamericana residente en España, especialmente en Madrid. Un perfil viajero con capacidad económica y sensibilidad cultural, para quien la gastronomía no es solo consumo, sino identidad y memoria. El objetivo no es atraer masas, sino afinidades.
El calendario se extenderá hasta Fitur 2027, con un año completo de acciones promocionales y eventos. Burgos se suma así a una lista de ciudades que han ostentado capitalidades gastronómicas en la última década —La Habana, São Paulo, Buenos Aires, Miami, Sevilla o Zaragoza—, aunque desde una posición singular: sin voluntad de espectacularizar la cocina, sino de explicarla.
Dentro de ese relato, el producto ocupa el centro. La morcilla, celebrada en octubre durante su festival, funciona como símbolo de una cocina popular con complejidad técnica. El Concurso Nacional de Tapas, que en su categoría profesional coronó al chef peruano Jano Mori, introduce además una idea clave: los orígenes no son fronteras, sino lugares de encuentro. La tradición, cuando está bien entendida, admite diálogo.
Este reconocimiento llega, además, en un momento estratégico. Refuerza la proyección nacional e internacional de Burgos y se suma a otros avales recientes, como el sello de Turismo Familiar. No cambia lo que la ciudad es, pero ayuda a explicarlo mejor.
Burgos no se presenta como una capital gastronómica de moda, sino como una capital de fondo. De esas que no necesitan alzar la voz porque llevan tiempo diciendo lo mismo. Y quizá ahí radique su mayor fortaleza.






