Entre humo y memoria: la primera edición del Festival de la Morcilla de Burgos.
Tres días de pinchos, vino y estrellas Michelin bastaron para que el primer Festival de la Morcilla de Burgos dejara claro que ha nacido un clásico.
El otoño llegó a Burgos cargado de aromas y colores. A los pies de la Catedral, la plaza del Rey San Fernando se convirtió en un río de gestos, sabores y sonidos en el Festival de la Morcilla de Burgos.
Los restaurantes estaban a tope, sin mesas disponibles, y la plaza se llenó de vida desde la hora del vermú. Este fin de semana, la ciudad celebró el primer Festival de la Morcilla de Burgos, un encuentro que no solo homenajeaba a un producto, sino que celebraba la identidad y la memoria de un territorio.
No era solo gastronomía; era historia, oficio y encuentro. Cada morcilla, cada pincho, cada copa de vino contaba una historia de tradición y de innovación, tejida por las manos de quienes la elaboran y quienes la disfrutan. Talleres, charlas y catas se sucedían entre carpas, y la vida palpitaba en cada gesto: un chef moviendo sus utensilios, un productor mostrando con orgullo el origen de su morcilla, un visitante cerrando los ojos para degustar un bocado que llevaba siglos de historia en su sabor.
Burgos se rinde a su morcilla: un festival que supo mucho más que a tradición.
La plaza que respiraba morcilla
La primera mirada al festival era un espectáculo en sí mismo. Los adoquines reflejaban la luz dorada del sol de octubre, y entre ellos, familias, amigos y curiosos se mezclaban con chefs, productores y visitantes. El humo que se elevaba de las brasas se mezclaba con los aromas de pan recién horneado y vino de la Ribera del Duero y Arlanza. Cada plano, cada gesto, parecía medido para ser capturado: un chef vertiendo aceite sobre la morcilla, un productor narrando la historia de su receta familiar, un visitante observando fascinado cómo la tradición se convertía en experiencia.
Federación de Empresarios de Hostelería de Burgos y la IGP Morcilla de Burgos habían preparado un programa que equilibraba la tradición y la modernidad. Talleres de elaboración de morcilla, charlas sobre el producto, catas de vino y cerveza, y, por supuesto, un Concurso Nacional de Tapa con Morcilla de Burgos, aseguraban que todos los sentidos del público quedaran activados. Desde el primer vermú, la plaza bullía de expectación y curiosidad.
La cocina como espectáculo
Tres estrellas Michelin transformaban la plaza en un escenario. Miguel Cobo, Ricardo Temiño y Alberto Molinero desafiaban al público con creaciones que convertían la morcilla en joyas comestibles. Cada gesto, cada movimiento, era un acto de precisión y de magia. Entre ellos, el humo de la parrilla y las miradas del público se fundían, generando un ritual donde la cocina era arte y espectáculo.
Pero el festival no se limitaba a las grandes estrellas. Los chefs locales de Burgos añadían matices, raíces y sabor a la programación. José María Temiño (Maridaje’s), mezclaba tradición y modernidad en sus creaciones. Ángela Vázquez (El Bosque Encantado GastroGin) y Luis Eduardo Calojero (Paquita Mariví GastroBar), mostraban cómo el territorio se refleja en cada bocado. Antonio Arrabal (La Jamada), Jano Mory (Sabores Peruanos) e Isabel Álvarez (Maricastaña), cerraban el círculo de sabores, llevando al público de la cocina de altura a reinterpretaciones contemporáneas de la morcilla.
Desde fuera de la provincia, la gastronomía se encontraba con nuevas miradas: Javier Rodríguez, del restaurante Delirios en León, y desde Zamora, Santiago Vicente, jefe de cocina del Hotel Rey Don Sancho, y Jonatan Garrote, cocinero y profesor, aportaban perspectivas que recordaban que la morcilla une generaciones y geografías, convirtiendo la cocina en un puente entre territorios.
Voces y manos que cuentan historias
Cada chef, cada productor, cada visitante contribuía a la narrativa del festival. Los talleres enseñaban a elaborar morcilla, desde los secretos de los productores hasta técnicas modernas de cocina. Los niños moldeaban pequeñas morcillas bajo la guía de Alejandro Sagredo e Isabel Álvarez, mientras otros se maravillaban con los chefs estrella creando “joyas comestibles” ante un público expectante.
El público interactuaba: compartía anécdotas, hacía preguntas y disfrutaba de la experiencia. Entre risas y bocados, los jugadores del San Pablo Burgos probaban con torpeza el arte de cocinar con morcilla, arrancando aplausos y sonrisas. Cada historia, cada gesto, construía la memoria colectiva de un festival que celebraba más que un producto: celebraba la vida en torno a la gastronomía.
El Concurso Nacional de Tapa
El Concurso Nacional de Tapa con Morcilla de Burgos en la categoría Profesional, cuatro finalistas de distintas provincias compitieron ante un jurado exigente. Jano Mory, del restaurante Sabores Peruanos (Burgos), conquistó al público y al jurado con su tapa “Morcilla de altura”, llevándose el título de ganador profesional. Su creación, que combinaba tradición y técnica contemporánea, destacó por sabor, presentación y originalidad.
Los finalistas también dejaron huella: José Ignacio Gordo, de Aromas de Rioja by Cenit (Calahorra), Ekaitz Durán, del Restaurante Víctor Montes (Bilbao), y Vanesa López, del Bar Piscinas (Quintanadueñas), demostraron que la morcilla inspira a chefs de toda España, uniendo territorios distintos en torno a un mismo producto. El concurso, organizado por la Federación de Hostelería de Burgos, celebró la competición y la excelencia gastronómica, dejando al público con ganas de más.
En la modalidad Amateur, Carolina González y Alba García se alzaron con el primer y segundo puesto, mostrando que la pasión por la morcilla no conoce edades ni fronteras. Cada tapa, profesional o amateur, era un mapa de recuerdos y territorios, un homenaje a la tradición que se disfruta con todos los sentidos.
Tradición y vanguardia en armonía
El festival fue un diálogo constante entre la historia y la innovación. Catas de vino de Ribera del Duero y Arlanza guiadas por sumilleres expertos, como Diego González, demostraban cómo la morcilla se armoniza con el vino, mientras cocteles como el “Campeador” de Max Vázquez ofrecían una reinterpretación líquida del sabor tradicional. Isabel Álvarez y Sandra Chicote combinaban pan, chocolate y aceite con la morcilla, explorando nuevas texturas y contrastes. Cada creación era un ejercicio de imaginación y respeto por la memoria del producto.
El público participaba activamente: aprendía, degustaba, comentaba y compartía. La cocina se convertía en escenario, la morcilla en protagonista y la plaza en un lugar donde la gastronomía y la identidad se fundían en cada gesto.
Mirando al futuro desde el presente
Al caer la tarde, la plaza seguía llena de luz y de vida. Los faroles iluminaban los rostros satisfechos, las copas medio vacías y los últimos pinchos degustados. La sensación de comunidad era tangible: la gastronomía como vínculo entre personas, generaciones y territorios.
La primera edición del Festival de la Morcilla de Burgos terminó, pero la memoria, los sabores y la pasión por la cocina permanecieron. Cada detalle recordaba que este evento no solo celebra un producto; fortalece la identidad de una ciudad y de una provincia. Entre risas, aplausos y aromas que flotaban en el aire, Burgos respiraba un aire distinto: el aire de quienes saben que su gastronomía es historia viva y promesa futura.

























































