Castilla y León, el territorio del vino
Nueve rutas del vino para recorrer Castilla y León a través de su paisaje y su memoria.
En Castilla y León, el vino no se visita: se habita. Basta con adentrarse por una de las carreteras que cruzan sus mesetas para entender que el paisaje y la vid llevan siglos negociando una convivencia áspera y fértil.
Desde los cañones fluviales de Arribes hasta los bancales de la Sierra de Francia, el vino ha sido la forma más precisa que ha tenido esta tierra de explicarse a sí misma.
Nueve rutas —las de Arlanza, Arribes, Bierzo, Cigales, Rueda, Ribera del Duero, Sierra de Francia, Toro y Zamora— recorren la comunidad como un mapa de emociones y contrastes. No son solo recorridos turísticos: son la huella viva de un territorio que ha aprendido a reinventarse a partir de sus raíces.
“Castilla y León es una región de contrastes. El vino es el actor principal, pero el patrimonio, la cultura y la naturaleza nos hacen diferentes”, explica Miguel Ángel Gayubo, presidente de la Asociación de Rutas del Vino de Castilla y León. Y tiene razón. Pocas regiones españolas condensan tanta diversidad: una Ribera poderosa y vertical, una Rueda luminosa, una Sierra de Francia donde la viña se aferra a la piedra.
En Ribera del Duero, la ruta más consolidada, el visitante sigue el cauce del río entre Burgos, Valladolid, Soria y Segovia. Son 115 kilómetros de paisaje disciplinado y monumental: el Museo del Vino de Peñafiel, el monasterio de Valbuena, el castillo de Peñaranda. Aquí el enoturismo ya no es una promesa sino una industria madura, una forma de mirar al pasado con ambición de futuro.
Rueda, en cambio, ofrece una historia de blancos. Cuna del verdejo, su vino más internacional, esta ruta se despliega entre Valladolid, Segovia y Ávila, con bodegas subterráneas que guardan siglos de fermentaciones. En torno al Castillo de la Mota, la piedra y la uva cuentan el mismo relato: el del trabajo paciente que convierte la tierra seca en vino luminoso.
Más al oeste, la ruta de Toro se abre paso entre Zamora y Valladolid. Su vino, intenso y con carácter, ha crecido al margen de las modas. En la Colegiata de Santa María la Mayor —una de las joyas del románico castellano— el tiempo parece moverse al ritmo del mosto que duerme en las barricas. “Queremos ofrecer experiencias que dejen huella”, repiten los bodegueros. Y la dejan: el vino de Toro no se olvida.

En los Arribes del Duero, el viaje se vuelve frontera. Entre Salamanca y Zamora, los viñedos se descuelgan por los cañones fluviales que dan nombre a la zona —del latín adripa, “a la orilla” del río—. Las terrazas de piedra se asoman a un paisaje abrupto donde el vino crece casi en secreto. Es una de las rutas emergentes, buscada por quienes prefieren descubrir lo desconocido antes que repetir lo consagrado.
La ruta de Arlanza, entre Burgos y Palencia, tiene otro ritmo. Los valles del Arlanza, Covarrubias y los páramos del Cerrato forman una comarca austera, de bodegas pequeñas y paisajes desnudos. Allí, más que una escapada, el visitante encuentra una lección de sobriedad castellana: vino, piedra y silencio.
En el extremo noroeste, el Bierzo es el contrapunto verde. Los viñedos se abren entre montañas, rodeados por los valles que conducen hacia Galicia y Asturias. Aquí, el vino es una historia de nieblas y memorias, de castas recuperadas y jóvenes viticultores que están transformando la comarca. Las Médulas, el Camino de Santiago y la reserva de los Ancares hacen que cada copa tenga algo de paisaje.

A pocos kilómetros de Valladolid, la ruta de Cigales se presenta como un secreto a mano. Con más de mil bodegas tradicionales excavadas bajo tierra, es una de las zonas con mayor densidad vinícola de la región. En sus Castillos del Vino y en los pueblos del Bajo Pisuerga, el viajero entiende que el rosado también puede ser una forma de identidad.
Más al sur, en la Sierra de Francia la vid se aferra a los bancales que los campesinos levantaron hace siglos. Amparada por la D.O.P. Sierra de Salamanca, esta ruta conserva una cultura del vino milenaria. Los pueblos —Mogarraz, San Martín del Castañar, La Alberca— parecen detenidos en el tiempo, y sus bodegas guardan el eco de los lagares rupestres donde comenzó todo.
Y aún más abajo, la ruta de Zamora se extiende entre 46 municipios de la provincia y una decena de Salamanca. El vino aquí es memoria económica: durante siglos, la vid fue el motor de la vida rural. Hoy, las bodegas abren sus puertas con discreción, mostrando una hospitalidad sin artificio. No se trata solo de catar, sino de entender.

En conjunto, las nueve rutas componen el mapa más completo de enoturismo de España. Ninguna otra comunidad reúne tanta oferta certificada ni una relación tan íntima entre vino, paisaje y patrimonio. Desde las torres de Peñafiel hasta las Arribes del Duero, el visitante puede atravesar siglos de historia a través de una copa.
El auge del enoturismo ha traído consigo un cambio de mirada. Ya no se trata solo de visitar bodegas, sino de participar de un modo de vida. “El visitante que llega ahora sabe lo que busca —explica Gayubo—. Es más joven, más preparado y con más curiosidad por entender el territorio”. Cada vez hay más público extranjero, más interés por lo rural y por las historias detrás de cada etiqueta.
Porque en Castilla y León, el vino no se limita al descorche: es una forma de pertenencia. Las rutas del vino son, en el fondo, rutas de identidad. En ellas se cruzan los oficios y los tiempos, las piedras medievales y los templos industriales, la austeridad del campo y el deseo contemporáneo de volver a lo esencial.
El viajero que llega a esta tierra lo entiende pronto: no hay dos rutas iguales, ni dos vinos que sepan igual. Y quizá por eso, entre los ríos, los valles y las bodegas excavadas, Castilla y León sigue encontrando en el vino una forma de futuro.






