SOBREMESA

Alimentarse de dudas

Cuando la cocina deja de ser un refugio cómodo y se convierte en un lugar desde el que mirar el mundo sin certezas.

En una época obsesionada con respuestas rápidas, menús cerrados y soluciones empaquetadas, la cocina se ha convertido en uno de los pocos espacios donde todavía se permite dudar. Del origen de los productos, de la forma en que comemos, de quién cocina y para quién.

Durante años nos dijeron que comer era un placer. Después, que era un derecho. Más tarde, que era una responsabilidad. Ahora parece que comer es, sobre todo, una pregunta. O muchas. ¿De dónde viene lo que hay en el plato? ¿Quién lo ha cultivado, criado o pescado? ¿En qué condiciones? ¿Cuántos kilómetros ha recorrido antes de llegar a la mesa? ¿A qué precio, no solo económico, sino social y ambiental? Y la más incómoda de todas: ¿qué dice de nosotros la forma en que nos alimentamos?

La paradoja de nuestro tiempo es conocida. Nunca habíamos tenido tanto acceso a información, ni tantas opciones, ni tantos discursos sobre sostenibilidad, salud y ética. Y, sin embargo, pocas veces ha sido tan difícil tomar decisiones sencillas. Elegir una lechuga puede convertirse en un dilema moral. Pedir pescado, en un acto cargado de sospechas. Comer carne, en una declaración ideológica. En medio de este ruido, la cocina —especialmente la alta cocina— ha dejado de ser solo un espacio de evasión para convertirse en un laboratorio de preguntas.

El chef contemporáneo ya no puede limitarse a cocinar bien. Si quiere ser relevante, si quiere ser honesto con su tiempo, tiene que asumir un papel incómodo. Tiene que preguntarse por el sistema del que forma parte. Por la cadena que empieza en la tierra y termina en el plato. Por la energía que se consume, por los residuos que se generan, por los relatos que se construyen alrededor de un menú degustación. Cocinar hoy implica posicionarse, aunque sea desde la duda.

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Cuando comemos, no consumimos solo materia. Consumimos ideas, símbolos y relaciones. Y cuando alguien crea desde la cocina y pone esa creatividad en un plato, está invitando al otro a activar la suya. Comer deja de ser un acto pasivo para convertirse en una forma de participación.

La creatividad, entendida así, es una herramienta. Una forma de ensayar futuros posibles. Porque hablar de cocina es hablar de cómo nos relacionamos con el territorio, con los ecosistemas, con los demás. Es hablar de qué consideramos lujo y qué consideramos necesario. Durante décadas, el lujo estuvo asociado a la abundancia, a la proteína, a lo exótico. Hoy empieza a desplazarse hacia otros valores: la estacionalidad, la cercanía, la diversidad biológica o el respeto por lo que existe.

Pero nada de esto es sencillo. Las contradicciones son evidentes. Defendemos el kilómetro cero mientras consumimos café y cacao; reivindicamos el producto local mientras ignoramos las condiciones de quienes producen alimentos en otros continentes. Simplificar el debate es tentador, pero peligroso. La sostenibilidad no es un eslogan, ni una palabra al uso, ni una lista de normas; es un equilibrio frágil que exige mirar el contexto completo.

Quizá por eso resulta tan pertinente la idea de alimentarse de dudas. Frente a una cultura que premia la certeza absoluta, la opinión rápida y el juicio inmediato, la duda se convierte en un gesto sustancial. Dudar implica escuchar, implica aceptar que no siempre sabemos lo suficiente. Que nuestras decisiones tienen consecuencias que no controlamos del todo.

Hay personas que solo saben alimentarse de certezas. Pero cuando alguien se atreve a comer desde la duda, algo cambia. Probar lo desconocido es un ejercicio de confianza. Reconocer que otras culturas, otras tradiciones, otras formas de entender la comida también tienen sentido. Comer, entonces, se convierte en un acto de reconocimiento mutuo.

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Vivimos, además, una relación paradójica con la comida. Nunca se ha hablado tanto de gastronomía y nunca se le ha prestado menos atención. Miramos platos en pantallas, seguimos a cocineros en redes sociales y opinamos sin probar. La experiencia se ha desplazado del paladar al relato. Y quizá ahí haya otra duda pendiente: ¿qué perdemos cuando nos relacionamos con la comida sin llegar a tocarla, olerla o compartirla?

Tal vez la pregunta final sea más amplia: si somos capaces de dudar de lo que comemos, de cómo lo producimos y de cómo lo compartimos, ¿seremos capaces de dudar también de otras certezas que damos por sentadas? ¿Podemos imaginar un mundo distinto desde algo tan cotidiano como un plato?

Alimentarse de dudas es una invitación a mirar el mundo con menos arrogancia y más curiosidad. A aceptar que no todas las respuestas están claras, pero que seguir preguntando, incluso mientras comemos, sigue siendo un acto más que necesario.

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